En honor a Bobby Robson

Nació y murió en Durham. Del 18 de febrero de 1933 al 31 de julio de 2009 transcurrieron 76 años, la mayor parte de los cuales los dedicó al fútbol. Desde el primer día que su padre le llevó a St. James’s Park siendo un niño y hasta el día que abandonó el mismo escenario siendo su entrenador, en 2004, cuando el cáncer asomaba otra vez en su vida.

Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Bobby Robson, un tipo íntegro, educado, amable y próximo. Una leyenda en el fútbol inglés y un personaje de corta trayectoria en el convulso Barça que siguió al despido de Johan Cruyff. Permaneció dos temporadas en el Camp Nou, la primera como entrenador y la segunda recluido en un despacho, con cargo pero sin tarea como pago por los servicios prestados siendo el pararrayos de un presidente, Josep Lluís Núñez, que provocó que Sir Bobby viviera lo que siempre consideró la etapa más extraña de su larga trayectoria.

Robson, conocido en el mundo a partir de su trabajo en el banquillo del Ipswich Town, fue un futbolista que permanece en los libros de la historia del Fulham, al que llegó con 15 años y en el que jugó 370 partidos en dos etapas diferentes, con seis años por medio en el West Bromwich Albion. Retirado en 1968 tras una minúscula etapa en el Vancouver Royals de Canadá, su estreno en el banquillo de Craven Cottage fue un fiasco. Apenas 36 partidos, con un descenso a Segunda División, provocaron su despido en noviembre de 1968.

Pero ahí comenzaba la verdadera historia. Dos meses después el presidente del Ipswich le ofreció trabajo… Y permaneció en el banquillo de Portmand Road durante trece años, conquistando dos supcampeonatos de Liga, una Copa de la UEFA y una FA Cup. Durante aquella época ‘conoció’ al Barça en dos eliminatorias continentales, sin sospechar lo que le reservaba el futuro.

Entre todo ello estuvo al cargo de la selección inglesa entre 1982 y 1990, ganó dos Ligas en Holanda con el PSV y otras dos con el Oporto (al que llegó tras una corta etapa en el Sporting) antes de que en la primavera de 1996 todo saltara por los aires en Barcelona.

El 23 de mayo de aquel año, cinco días después de que Joan Gaspart despidiera a Johan Cruyff en una jornada incendiaria, Núñez presentó a Robson como el nuevo entrenador. El inglés llegó a Barcelona acompañado de su mano derecha/traductor Jose Mourinho con la mejor de sus sonrisas sin tener la más remota idea de lo que le esperaba en un club volcanizado, que tres días antes había vivido una tarde de locos en el Camp Nou con el estadio en pleno exigiendo la dimisión de Núñez y con la figura de Cruyff convertida, de facto, en ‘entorno‘.

«Hemos ganado 6-0 y la gente protesta. No lo entiendo», proclamó un día de enero de 1997 después de que el graderío saludase con pitos la goleada al Rayo Vallecano. Aquel curso, el inolvidable de Ronaldo, el Barça conquistó tres títulos en una tormenta continuada. Núñez cambió la cara a la plantilla, enterró, o quiso enterrar, la herencia deportiva de Cruyff, se aparcó el rondo, se cambió el sistema… Y el bueno de Robson, un inglés de sonrisa eterna, se vio en medio de las llamas sin comprender apenas nada, porque nadie en el club entendió necesario hacerle entender nada.

Los disparos sobrevolaron su cabeza mientras Ronaldo marcaba goles, Figo sumaba asistencias y el fútbol consumía jornadas enloquecedoras, partidos para la historia como la remontada copera al Atlético que demostró hasta qué punto a Bobby se le tenía como un bonachón alejado de la realidad. Porque nadie fue capaz de explicarle qué significaba en la Copa el doble valor de los goles en campo contrario… Surrealista.

Utilizado como pararrayos, Robson entrenó a una plantilla que Núñez ya tenía en mente entregar a Van Gaal al curso siguiente. Le desplazaron del banquillo y le nombraron manager general, un cargo vacío de contenido, con excelente salario pero nula trascendencia. Y sin una mala palabra para nadie, con la mejor de sus sonrisas, ahí permaneció.

Se marchó en silencio de Barcelona, dejando como legado la permanencia de Jose Mourinho al lado de Van Gaal, y dando a entender su disgusto por todo lo vivido pero sin señalar a nadie. Fue, mal que pese decirlo así, una simple marioneta, un peón en la guerra civil de un club al que llegó en el peor momento, heredando un banquillo imposible y viviendo un maltrato personal que probablemente no mereció.

Retirado en 2004, después de pasar por los banquillos de PSV y el Newcastle de su alma, Robson, que en 1992 había superado un cáncer de intestino y un melanoma en 1995, sufrió un derrame cerebral en 2006 y se le diagnosticó en 2007 el cáncer de pulmón que acabó con su vida dos años después. Puso en marcha una fundación para combatir el cáncer y su persona, idolatrada por todo el fútbol británico, alcanzó la categoría de leyenda.

Hoy se cumplen cinco años de su muerte. En los libros de historia del FC Barcelona, Booby Robson es un nombre sin más. Sin la trascendencia de su antecesor ni la grandilocuencia de su sucesor. Sin el peso de Venables o de Buckingham, los ingleses que estuvieron en el club antes que él. Nada que ver con Michels, por debajo de Lattek, de Menotti o hasta Luis Aragonés.

Nada que ver con Rijkaard o Guardiola, evidentemente, su figura puede relacionarse a la de Gerardo Martino como entrenador de paso, o a la de Hennes Weisweiler, por ser de alguna forma víctima de la arrolladora personalidad y trascendencia de Johan Cruyff.

Dicen que el tiempo suaviza los recuerdos. También dicen que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Y Bobby Robson, 18 años después de su llegada, al cabo de cinco de su muerte, merecería un sentido aunque breve homenaje silencioso del barcelonismo.

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