Las elecciones fantasma

Comienzan a surgir voces –tímidas, de momento– entre la opinión publicada que cuestionan la idoneidad de la convocatoria de elecciones a la presidencia del Barça a final de temporada. En apenas tres meses, la mejora del juego y los resultados del equipo de Luis Enrique se han convertido en el mejor parapeto para un presidente que sigue, aunque muchos lo olviden, en el punto de mira de la justicia por el caso Neymar.

Guste más o menos el modo en que la fiscalía y el magistrado juez de la la Audiencia Nacional han llevado el caso, lo cierto es que la amenaza de duras condenas sigue revoloteando sobre las cabezas de Josep Maria Bartomeu, Sandro Rosell y del propio club. El equipo sigue vivo –y muy vivo– en las tres competiciones y esa realidad se ha traducido en una sensación de felicidad entre un gran y mayoritario porcentaje de barcelonistas a quienes lo que de verdad les importa es poder visitar la fuente de Canaletes al menos una vez por temporada. Y ahora, pese a la dificultad de la empresa, podrían hacerlo en más de una ocasión.

Bartomeu no puede arrepentirse de anunciar una convocatoria electoral porque jamás estuvo convencido de hacerla. Desde que llegó al cargo tras la huida de Rosell, el presidente siempre se mantuvo firme en su intención de llegar sentado en la poltrona hasta 2016. Solo las presiones de algunos de sus compañeros de junta le hicieron apearse, muy a su pesar, del burro.

Lo hizo, eso sí, pidiendo fair play a sus posibles rivales en los comicios mientras la maquinaria del club lubricaba sus engranajes y ponía en marcha su propia campaña oficialista a base de medidas populistas como la ampliación de la edad del pasaporte infantil o la creación del destinado a los jubilados, por poner dos ejemplos. Desde entonces, Bartomeu ha contado con la mejor cortina de humo posible para seguir manejando los hilos del club: los resultados del equipo.

Antes o después, el presidente se verá obligado a cumplir su palabra y convocar las elecciones, sabedor de que sus opciones pasan por los resultados del equipo, por el papel que pueda jugar acudir a unos comicios con un proceso abierto y que mucha gente parece haber olvidado y por la postura de quien se configura como principal rival sin haber abierto aún la boca.

Cualquier otra decisión de Bartomeu que no sea llamar a las urnas a los dueños del club sería engañar al soci. Y ya se sabe que, como dijo su homenajeado y condenado predecesor, “al soci no se’l pot enganyar”.

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