El todo o la nada

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El Barça es una de las entidades más autodestructivas que existe, incluso si se deja de tener el deporte como marco. Propiedad de sus decenas de miles de socios, la división es tan propia del club como la cruz de Sant Jordi. Está en ese tan manido ADN Barça. Cruyffistas, nuñistas, guardiolistas, rosellistas, laportistas… Excepto Gaspart, por razones obvias, cada presidente o figura emblemática tiene su grupo acérrimo. El ismo, paradójicamente, lo es todo. El club, por desgracia, suele venir después en la lista de prioridades.

Es inevitable preguntarse qué hubiese pasado si la masa culé se asemejase más a la madridista, menos autocrítica. Allí, un presidente nefasto como Pérez es vitoreado y gana elecciones con una facilidad inversamente proporcional a los títulos que logra. E incluso hay quien ve en su pose monacal rasgos semidivinos. Aquí, sólo se ha ganado la Champions cuando se ha sido indiscutiblemente superior a todos los contrarios (y ni aún así). El Barça necesita que todo vaya perfecto para mantener el buen rumbo. El más ligero cambio en el viento despierta el pánico. Si el Barça hubiese sido el Titanic, se habría hundido antes de impactar con el bloque de hielo, sólo al ser conscientes de su presencia y los músicos se hubiesen ahogado discutiendo sobre qué canción tocar.

Todo esto viene a colación de la moción de censura contra la junta de Rosell. Ningún presidente en las últimas décadas (las de más éxitos del club) se ha librado de ella. A Rosell le llega después de ganar una Liga, una Supercopa y el mejor inicio de la historia de la Liga. Paradigmático. A la espera de que prospere o no, el socio envía un contundente mensaje y disocia a Sandro de los éxitos recientes del club. El presidente ha tenido tiempo de responder por sus demasiados asuntos y ha contestado con silencios y omisiones que sólo han contentado a una prensa únicamente preocupada de no molestar. La llama vuelve a prender en Can Barça, patria de pirómanos, con el bombero de Erasmus.

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