El señor Miguel tenía un pequeño colmado en el Poble Sec, a una decena de metros del portal de mi casa. Allí fue donde -años antes que llegaran los grandes centros comerciales que acabaron con esos negocios- empecé a realizar las primeras compras por encargo de mi madre. Ufano, con pocos años y menos monedas, me acercaba a comprar leche, huevos o cualquier otra cosa necesaria para hacer la comida, ignorando que ella, desde el balcón, me vigilaba sonriente al ver cómo me sentía mayor.

El señor Miguel atendía siempre aquella tienda de apenas 20 metros cuadrados. Cuando en su lugar veíamos a la señora Paquita, su mujer, nos preguntábamos dónde estaría aquel hombre bajito y bonachón a quien no le importaba fiarte el donut para el colegio si ibas con prisa. La respuesta me llegó un día cuando, de repente, el señor Miguel me preguntó si quería ir al fútbol. Aquella tarde de sábado me enteré que redondeaba su sueldo trabajando como acomodador en el Camp Nou.

Recuerdo los nervios que pasé esperando la respuesta de mi padre, el sermón de mi madre mientras me preparaba el bocadillo (“sobre todo, haz caso al señor Miguel”), el trayecto en el autobús 57 desde la parada del antiguo cine Regio Palace del Paral·lel hasta la calle de Arizala, la llegada al templo azulgrana tres horas antes del inicio del partido, la entrada por el parking de jugadores… Me recuerdo bajando por la escalera de la primera gradería hasta la pequeña valla que daba acceso al foso que rodeaba al césped, abrumado por la imponente figura de un Camp Nou aún a oscuras. Pero, sobre todo, me recuerdo a mí mismo boquiabierto cuando, poco a poco, los focos iluminaron la verde alfombra.

Aunque mi estreno en el Camp Nou coincidió con el debut de Cruyff contra el Granada de mis padres, la primera imagen clara del Estadi fue la de aquel partido al que me llevó el señor Miguel. Soy incapaz de recordar el resultado, ni siquiera estoy seguro del rival; lo que no puedo olvidar es la sensación única e imborrable que, incluso ahora, hace florecer una sonrisa de nostalgia en mis labios.

La temporada pasada llevé a mi hija -socia desde el día que nació, como su hermana pequeña- al Camp Nou por primera vez. La senté en mi regazo y allí la vi comerse el bocadillo, mirar a un lado y a otro sin entender demasiado el juego y, a sus cuatro años, celebrar los goles al Getafe algo aturdida por el griterío. Sin embargo, atisbé en sus ojos la misma chispa que yo sentí aquella noche de finales de los setenta. Le prometí que pronto volveríamos, pero alguien ha decidido que me vea en la obligación de hacer lo último que quiere un padre: incumplir la promesa hecha a un hijo.

El señor Miguel murió hace muchos años. Se fue sin hijos, pero se llevó consigo el placer inmenso de haber hecho felices -aunque fuera por un día- a unos cuantos críos de aquella parte del Poble Sec donde cada mañana, a las ocho, puntual como la parca, levantaba la persiana de su tienda.

Foto: Noasite