El resto de Agassi

Poco hay que rescatar normalmente de las biografías o memorias de personajes importantes. Alguna anécdota hasta entonces desconocida, lo que pasaba por la mente de la persona en cuestión en aquello por lo que es conocida o el momento o sarta de ellos que cambiaron su vida. La fórmula funciona: cada año se puede hallar un libro de memorias entre los más vendidos. El público está ansioso por conocer las historias de película de chavales que surgieron de la nada y construyeron sus propios peldaños para ascender.

De la nada salió también Andre Agassi (1970), concretamente del desierto que rodea Las Vegas. Nació en la ciudad del juego y su vida transcurrió ganándolos y perdiéndolos, a base de golpes en un deporte que muy inteligentemente equipara al boxeo. Su historia es de película: ganador de ocho Grand Slams con quince finales a sus maltrechas espaldas, protagonista de una las rivalidades más intensas del tenis junto a Sampras, icono publicitario y casado con la mejor tenista de todos los tiempos. Agassi podía haberse guiado por los convencionalismos, publicar una biografía que repasase sus grandes logros y lo que sufrió para conseguirlos y recaudar el dinero de las ventas para su escuela. Nadie le habría reprochado nada, las ediciones hubiesen volado de las estanterías y su imagen (La imagen es todo) se habría mantenido intacta o quizá realzada.

El smash es uno de los golpes más fáciles que puedes realizar. Es también el epítome de mis dificultades en los slams, porque es demasiado fácil. No me gustan las cosas demasiado fáciles”. Con esta filosofía de vida, resulta lógico que Andre Agassi, que siempre se movió mejor en el resto que sirviendo, nos haya entregado esta magnífica joya que es Open, una biografía que lo es si nos atenemos al significado literal, pero que se halla en un terreno solitario en el género en el que se mueve, una metáfora de un deporte que lo acompaña, atado a su mano y no cogido de ella, desde que tiene recuerdos.

El tenis es el hilo conductor del libro y, al mismo tiempo, es lo de menos. Agassi nos lleva de un lado a otro, nos hace partícipes de esa vida nómada, consigue que interioricemos el vértigo de despertar cada día en un sitio diferente, la presión acuciante por ganar, la decepción terrible tras las derrotas y la felicidad tan pasajera que proporcionan las victorias. Andre odia el tenis y a la vez lo necesita, quiere acabar con todo y a la vez teme qué pasará después de ello, se sabe capaz de ganar todo y a la vez no encuentra motivación para ello. El episodio de la peluca que le costó un Grand Slam es la quintaesencia de sus contradicciones, llamando la atención con su imagen para a la vez distraerla de su verdadero yo, ese que ni él mismo conocía.

En esta era de una excelencia casi artificial, con deportistas rompiendo récords día tras día, una época de odas a la consistencia, Andre nos recuerda la humanidad que no logra atravesar las pantallas. Cómo una discusión de pareja puede desviar todos las pelotas fuera del campo, cómo una enfermedad familiar arranca la fuerza de la muñeca, cómo un centímetro dentro o fuera puede cambiar el curso de un partido, el curso de una vida. Agassi podría haberse hinchado a ganar como ningún tenista en la historia y, paradójicamente, parece un milagro que llegase a ganar un Grand Slam. Su debilidad mental, su falta de motivación para ganar en los momentos claves y esa necesidad de estar circunstancialmente inspirado para rendir hacen de sus triunfos un logro aún mayor, ya que Andre siempre jugaba contra dos adversarios.

Open es, en definitiva, su lucha contra sí mismo, El Castigador del circuito contra su víctima favorita, una batalla que lidió durante años de su vida cada mes, cada semana, durante horas entre punto y punto. Es la narración de su evolución, desde la nada en sus inicios, hasta lograr una forma, sea cual fuese, en los años finales, de cómo consiguió encontrar la inspiración que todos buscamos en la vida. Es, al fin y al cabo, una historia de un tipo más, como tú o como yo, un pobre crío al que su padre decidió colocar enfrente de una máquina que lo aterrorizaba lanzando bolas sin parar y que para cuando empezó a tomar decisiones propias sobre su vida ya creyó que era demasiado tarde para volver atrás, con un destino impuesto y un perfeccionismo enfermizo, una carga inasumible hasta que Agassi empieza a hacer suyas unas palabras del genio americano Walt Whitman:

Do I contradict myself? Very well, then I contradict myself, I am large, I contain multitudes (¿Me contradigo? Muy bien, entonces me contradigo, soy vasto, contengo multitudes)

Bienvenidas sean las contradicciones.

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