El regalo de ser presidente del Barça

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Si hay un mal endémico en el barcelonismo es el de la autodestrucción. Como club en general, somos incapaces de disfrutar las etapas de éxito sea quien sea el que golpee el balón, dirija desde el banquillo o deguste canapés en el palco. Sea quien sea el que coma pipas, insulte a un árbitro o grite al inútil del lateral que no centra ni una bien o al mediocampista que no recupera la posición o al manos de mantequilla de nuestro portero de turno, ya sea desde el bar, el sofá de casa o la grada.

Si hay un sueño que persigue un niño culé es la de disputar un partido en el Camp Nou. A medida que la barriga le impide atarse las botas de fútbol aparece el gusanillo de estar en ese ridículo rectángulo de cal pintado delante del banquillo para pegarle unos gritos al árbitro, al inútil del lateral que no centra ni una bien, al mediocampista que no recupera la posición o al manos de mantequilla de nuestro portero de turno. Pero lo que de verdad nos apasionaría es lo de degustar los canapés en el palco del Camp Nou. Y si puede ser con cava, mejor que mejor.

Ese regalo lo reciben unos pocos privilegiados. Generalmente, gente con dinero, con amigos que les puedan prestar el dinero o gente que te hace un favor que luego esperan ver devuelto. Ahí radica el peligro de la presidencia de un club como el Barça. Yo, que a duras penas llego a fin de mes, no seré nunca presidente del Barça. Tampoco tengo amigos que puedan prestarme el dinero ni gente que luego pueda venir con el ¿que hay de lo mío?. ¿A quién quiero engañar? Yo no seré presidente del Barça. Tampoco entrenador. Y mucho menos jugador.

Si algo soy, es devorador de pipas. Y además tengo un abono al Camp Nou donde puedo pegarle unos gritos al árbitro, al inútil del lateral que no centra ni una bien, al mediocampista que no recupera la posición o al manos de mantequilla de nuestro portero de turno. ¡Además puedo insultar al delantero centro cuando falla un gol cantado! Y nadie me lo va a reprochar –bueno, mis hijas, que están en esa terrible fase del això no es diu papa–.

También tengo otro privilegio: votar al presidente. Darle a otra persona el mayor regalo que se le puede dar a un culé: la presidencia del club que amas. En las últimas elecciones los socios eligieron a Sandro Rosell. Tres años y medio después ha dimitido. Quedan dos años más para poder elegir a otro, pero mientras tanto Josep Maria Bartomeu será el presidente. Un nuevo presidente al que nadie ha votado ni, seguramente, podrá votar jamás. Y esa es una stuación que se me antoja difícil de sostener hasta 2016.

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