El principio del fin

messiguardiola

Sábado 21 de abril de 2012. El Barça acaba de perder 1 a 2 frente al Real Madrid de Mourinho en el Camp Nou, diciendo adiós a las pocas opciones que quedaban de conseguir el título de Liga. En el vestuario, un Lionel Messi muy enfadado se dirige a Pep Guardiola y delante de todos sus compañeros le recrimina al de Santpedor el planteamiento –un debutante Tello jugó aquel día de titular– y le acusa de haber tirado la Liga. En aquel momento, Guardiola, que ya había decidido continuar un año más al frente del equipo, se da cuenta por primera vez que ha comenzado a perder el control del vestuario. Tres días después, la eliminación en Champions League ante el Chelsea en el mismo escenario hace cambiar de idea a Pep, que decide entonces abandonar el club al no verse con voluntad –ni seguramente con respaldo suficiente– para acometer la renovación que la plantilla necesitaba.

Con la salida de Pep, llegó la primera gran victoria de una plantilla cansada de él por el nivel de exigencia y control que ejercía sobre los jugadores. Por primera vez, estos fueron conscientes de que el mando del vestuario era ahora suyo y no del entrenador. Posteriormente, el vestuario se conjura para demostrar a todo el mundo que son capaces de ganar sin Guardiola y firman una primera vuelta impresionante con Tito Vilanova en el banquillo: 18 victorias, 1 empate y 0 derrotas. La enfermedad del técnico provoca que Roura ejerza un papel similar al que tiene ahora Tata Martino, con una plantilla donde las vacas sagradas tienen el control total y en la que las palabras ‘trabajo y ‘esfuerzo’ han desaparecido del diccionario.

Mientras tanto, el club ha ido reforzando el poder de la plantilla con renovaciones a jugadores en la cuesta abajo de su carrera como Xavi y Puyol, o con ampliaciones millonarias a otros que, como Iniesta, llevan tiempo lejos del que fue su máximo nivel. También con mejoras continuas en el contrato de Messi, aunque desde entonces no hemos vuelto a ver a un Messi decisivo en los títulos culés por mucho que sus números personales sean sublimes. También desde el club se ha tolerado el alarmante bajo estado de forma de jugadores para los que el fútbol ha dejado de ser prioritario (Piqué, Pedro, Cesc, Valdés o Alves) mientras que los jugadores que podían incomodarles (como Thiago o Villa) han sido traspasados y ha brillado por su ausencia el fichaje de otros que pudieran suponer competencia a quienes mandan en el vestuario: portero, central y centrocampista. Sólo el fichaje de Neymar es un oasis en esta política, aunque los motivos de su incorporación vayan más allá de los puramente futbolísticos.

Y la consecuencia de no haber tomado ninguna decisión desde aquel final de la última temporada de Pep es lo que estamos viviendo ahora. Una plantilla con la barriga llena, un vestuario totalmente controlado –incluido el entrenador, sea Martino, Tito, Roura o cualquiera que venga– y un futuro totalmente hipotecado, ya que las acciones que hay que tomar son económicamente imposibles de ejecutar en un sólo verano; las inversiones serían caras y las ventas, baratas.

Aquel 21 de abril se confirmó el principio del declive. Nadie quiso tomar una decisión al respecto, sino que todos –junta, plantilla, prensa, entorno y aficionados– han ocultado unos, minimizado otros y sufrido en silencio los menos, unos problemas que no han hecho más que acrecentarse hasta el día de hoy. Y así estamos, sin presidente, sin entrenador, sin plantilla, sin exigencia y, sobre todo, sin ambición.

Mi pregunta es: ¿hasta cuándo? ¿Cuándo empezará alguien a tomar decisiones que vayan directamente a la raíz del problema?

La pelotita dictará sentencia, como siempre.

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