Una intensa luz le despertó sobresaltado y envuelto en sudor. Aterrorizado aún por el realismo de su pesadilla, intentó incorporarse poco a poco, como si temiera que aquel ser agresivo y tosco que durante la noche le perseguía sin descanso hubiese logrado derribar los muros de esa cárcel que son los sueños.

Pensó en la persecución sufrida, en el incesante atosigamiento de aquel rudo defensa vestido de blanco y él, cuya afición preferida era dormir, celebró por primera vez haberse despertado.

Sin embargo, no acababa de ubicarse. Aquella cegadora luz blanca le impedía divisar el confortable y familiar entorno de su dormitorio. Sabía que debía estar ahí, en la cabecera de su cama, pero era incapaz de ver aquel viejo y decolorado póster repleto de futbolistas con melenas y largas patillas que, ataviados con uniformes naranja, le había acompañado desde su niñez.

Estiró la mano para coger el vaso de agua que cada noche dejaba sobre su mesilla, pero tampoco lo encontró. Aún deslumbrado y con más esfuerzo de lo habitual, logró incorporarse y sentarse en la cama. Sus ojos iban acostumbrándose poco a poco a la luminosidad de la habitación y, a medida que lo hacían, la palidez de aquellas asépticas paredes blancas se instalaba en su rostro al tiempo que le asaltaba el escalofrío que sólo producen las certezas más desagradables. No estaba en su habitación.

Intentó levantarse, pero sus piernas fallaron y dio de bruces contra el suelo. Respondió al golpe con un grito, al que acudió rápidamente una guapa rubia vestida con un uniforme blanco de enfermera que le ayudó a sentarse en la butaca vacía. Despacio, como si hubiera envejecido de golpe, movió su pie derecho y lo calzó con una zapatilla de franela, quizá lo único capaz de transmitir calidez en aquel ambiente. Inconscientemente, miró su pie izquierdo para repetir la operación y fue cuando se dio cuenta. ¿Dónde estaba su pie izquierdo? ¿A dónde había ido a parar la joya de su equipo, la extremidad que, por sí sola, era capaz de levantar de sus asientos a cien mil personas?

Levantó la vista y se topó con la indisimulada mirada compasiva de un directivo de su club. “Tranquilo, ya sabes que esta es tu casa y tendrás siempre abiertas las puertas para trabajar con nosotros”, le dijo con voz fría.

Han pasado ya tres años de aquella escena. Más de mil días que sirvieron para que el ídolo del mayor templo futbolístico del mundo cayera en el olvido. El mismo olvido en el que se sumergieron las nueve cifras de un teléfono que jamás sonó.