El fútbol de Lasswell

Si resulta difícil desentrañar las razones por las que mucha gente acostumbra a ser inamovible en sus razonamientos en la vida, en el caso del fútbol es una tarea prácticamente imposible.

El fútbol y su entorno (con perdón) son un caldo de cultivo idóneo para dar rienda suelta a las pasiones más desenfrenadas. Nervios, tacos, uñas mordidas hasta los nudillos, insultos al árbitro, cáscaras de pipas a los pies del asiento de cualquier estadio, liturgias y supersticiones… Todo eso ha acompañado a los seguidores de este deporte durante años. Por regla general, acostumbraba a circunscribirse al campo, al bar donde se seguían los partidos, a las chanzas entre compañeros de trabajo de equipos rivales y a la tertulia de café con leche de los lunes por la mañana, de nuevo en el bar. Si, porque bares y fútbol -como el Carrusel Deportivo para quienes disfrut(áb)amos de la radio- han ido siempre de la mano, aunque en realidad eso dé para otro artículo.

Todas esas liturgias han cambiado. Continúa habiendo quien las sigue, del mismo modo que centenares de personas abandonan el Camp Nou cuando faltan más de 10 minutos para que finalice el partido. En el fondo, esa “estampida” de aficionados que deja de ver el 11% del fútbol de su equipo para evitar atascos y aglomeraciones en el transporte público es una tradición atávica también muy barcelonista.

Si uno se detiene a pensarlo, llega a la conclusión de que esa forma de vivir el fútbol coexiste -no sé si llega a mezclarse- con la nueva realidad de la comunicación. La era 2.0 es el mundo de la inmediatez, el de la libre opinión, el del altavoz mágico y sin límites que es Twitter.

Las tertulias de bar se han trasladado a la red, pero quienes las fomentamos olvidamos con demasiada frecuencia que carecen -entre otras cosas- de la calidez que aportan el diálogo, el café o la cerveza compartida. Y la ausencia del cara a cara, de la prosodia oral y del lenguaje no verbal genera tiranteces que comienzan siendo malentendidos y terminan convirtiéndose en poco menos que gravísimas afrentas, incluso entre gente que ha compartido experiencias personales desde hace años.

El gran poder mágico de la lectura es su capacidad para estimular la imaginación. La misma frase leída por cien personas tendrá, probablemente, otras tantas interpretaciones. Si trasladamos ese fenómeno al mundo de Twitter y lo ligamos al fútbol, el cóctel puede ser explosivo porque una opinión emitida en 140 caracteres también corre el riesgo no sólo de ser interpretada libremente, sino también de encontrar un sinfín de adhesiones inquebrantables.

En 1948, cuando el experto en política y comunicación Harold Lasswell enunciaba el paradigma que lleva su apellido, poco imaginaba que 66 años después el “¿Quién dice qué, a quién, por qué canal y con qué efecto?” iba a estar más vigente que nunca. Probablemente seamos nosotros quienes hayamos olvidado la importancia de esas cuatro preguntas al utilizar un canal que desvirtúa el mensaje, no discrimina al destinatario y produce un efecto que somos incapaces de controlar.

Siempre me ha parecido triste que el Camp Nou no tenga una cobertura 3G adecuada que permita a los espectadores conectarse a Internet desde su teléfono móvil. Ahora que se habla tanto de la necesidad de un nuevo estadio, uno no puede evitar pensar que esa imposibilidad es, en el fondo, una bendición que nos deja vivir los 90 minutos que dura un partido como lo que es: simplemente fútbol.

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