El día que se silbó a Sergio Busquets

Estaba pensando cómo definir las sensaciones del infumable bodrio visto hoy en el Camp Nou (uno más) cuando la crónica de Paco Cabezas en El Mundo me lo ha dejado claro: “El Camp Nou idealiza a Arturo Vidal y abuchea a Busquets”. Tal cual.

El día que se rendía homenaje a los héroes de Basilea para conmemorar los 40 años de su triunfo, a uno le vino a la cabeza la imagen de Johan Neeskens. Era Neeskens un centrocampista muy físico que, ataviado con sus tobilleras blancas, hacía levantarse de sus asientos a no pocos asistentes al Camp Nou cuando le veían correr para salvar balones intrascendentes, hacer tackles en el centro del campo o perseguir rivales para intentar recuperar la pelota. El cariño por aquel Neeskens casi infalible desde el punto de penalti ha resucitado en la figura de Arturo Vidal, que reproduce a su manera las carreras desbocadas, las entradas a ras de suelo y el despliegue físico del holandés.

Siempre ha habido en can Barça una cierta querencia tribunera por los jugadores ‘de raza’, aquellos que sabían que era más fácil contentar a la parroquia de puro de medio metro con un par de carreras que trabajando en defensa o encarando rivales. Se apreciaba más la eficacia de Zaldúa que la clase de Martí Filosía, a Neeskens que a Marcial, a Saviola que a Kluivert y, visto lo visto hoy, ya se valora más a Vidal que a Busquets, una víctima del esfuerzo de la temporada y de una planificación de plantilla que no favorece sus cualidades.

El titular de la crónica de Cabezas no es solo una descripción, sino sobre todo un mal síntoma. Una señal de que el socio cada vez se conforma con menos y lo hace, además, sin rechistar. El aficionado culé ha visto involucionar el juego de su equipo en menos de una década, una tendencia que ha aceptado de buen grado porque el dominio en términos de ligas ha sido incuestionable. ¿Basta con eso? Quiero pensar que no, sobre todo porque después de haber comido ternera de Kobe, las hamburguesas de fast food no saben igual. Sacian y llenan el estómago, sí, pero en el mejor de los casos las olvidas a los pocos minutos y en el peor te acuerdas de ellas durante un buen rato encerrado en el baño.

A cinco días de la descomunal debacle de Liverpool, el destino ha querido que el Barça se reencontrara con su público –o con los pocos que no han cedido su asiento a amigos, familiares o turistas de Seient Lliure– apenas 30 minutos después de que la Premier se decidiera en favor del Manchester City y de que la Eredivisie cayera del lado del Ajax de Amsterdam.

Ajax y City tienen en común con los de Valverde que cayeron a mitad del trayecto que conducía a la final de la Liga de Campeones. Unos, los de Guardiola, en cuartos de final; otros, los holandeses y el Barça, cuando ya parecían vislumbrar la silueta del Wanda Metropolitano. Despojados de la gloria europea de muy distinta manera, a todos ellos les ha quedado el consuelo de la liga doméstica, el torneo que los entrenadores suelen priorizar como reflejo del carácter y la calidad de sus equipos y que suele premiar al más regular.

Aun a riesgo de ser catalogado de oportunista por quienes acostumbran cada año a tildar de fracaso la eliminación del City mientras justifican el miserable adiós del Barça, por quienes piensan que preservar el estilo del club consiste solamente en tener la posesión del balón y por aquellos que lo confían todo a la intensidad mientras esgrimen el cromo de Vidal como arma secreta, hay un gran factor que diferencia la temporada liguera de Barça, Ajax y Manchester City: el nivel de aburrimiento generado entre sus parroquias, notable en los de Valverde y diría que casi inexistente en los de Erik ten Hag y Pep Guardiola.

La Liga de Campeones la gana un solo club. Lo más fácil es no hacerlo y lo mejor es que todo el mundo acepte esa realidad. Pero también sería bueno que alguien que tenga poder para hacerlo trabaje para que el aficionado que acude al Camp Nou lo haga con la ilusión de divertirse y no con la sensación de estar pagando un peaje demasiado alto en forma de mediocridad, bostezos y aburrimiento. No es tan difícil; basta con echar la vista unos pocos años atrás para ver el camino que se recorría y que jamás debió abandonarse. Y en esa senda, una figura indispensable es la de Sergio Busquets. El capitán Busquets.

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