El depredador del ‘culé patidor’

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“Ai, ai, ai… Patirem!” bien pudo haber sido el lema bajo el que concibió Joan Gamper el club que creó allá por noviembre de 1899, un club que ha convivido tan estrechamente con ese sufrimiento durante más de ciento diez años. En una historia centenaria y tan densa como la del Fútbol Club Barcelona, es fácil encontrar momentos que justifiquen esa actitud cuando el camino parece desviarse únicamente unos centímetros. Sin embargo, aquellos culés que nacimos a partir de los años noventa no entendemos el por qué de ese sentimiento tan arraigado en la afición, ese que cuando el rival marca el gol del honor con el partido ya prácticamente acabado aún hace estremecer a parte de la hinchada que piensa que hasta que el árbitro no pita el final no hay nada que celebrar.

Gran parte de la culpa de esa renovación en el carácter de la afición la tiene el hombre que hoy hace cuarenta años que debutó con el equipo azulgrana. Johan Cruyff fue un jugador espectacular, uno de los mejores que jamás ha jugado a este deporte. Ganador de tres Balones de Oro, fue el ídolo barcelonista durante cinco temporadas. No obstante, su bagaje como títulos al dejar la disciplina azulgrana se reducía a solo una Liga y una Copa. ¡Sólo dos títulos en cinco temporadas, y uno de ellos menor!

Esa situación es inconcebible hoy en día, con el Barça obligado a llevar plata religiosamente cada año a sus vitrinas, con un club que ha cambiado el ‘Aquest any sí’ por el ‘Aquest any també’. Todo este cambio, nuevamente, se debe a ese espigado holandés tan aficionado a los vuelos sin motor. La explicación no cabe buscarla en su época como jugador, sino en su regreso en 1988, ya como entrenador, después de entrenar al Ajax, su otro gran amor, durante tres temporadas en las que ganó dos copas y una Recopa de Europa. Llegaba a un Barcelona sumido en un caos profundo y con su máximo rival, el Real Madrid, ganando Ligas como churros subido a lomos de la gran Quinta del Buitre. Y, para sorpresa de todos, el principal objetivo de Johan no fue ganar a cualquier costa y recuperar el cetro perdido, sino instaurar una novedosa y arriesgadísima propuesta de juego. Ello estuvo a punto de costarle el cargo en 1990, pero una Copa del Rey lo mantuvo un año más en Barcelona. Lo que pasó después es de sobras conocido.

El legado de Cruyff es imposible de cuantificar a todos los niveles. El Barça ha amasado una barbaridad de títulos desde que situó su casa en el banquillo culé, ha pasado de ser un equipo que festejaba un título cada diez años a uno en el que se anuncian revoluciones cuando sólo se gana uno. Ha devorado, como hacía con sus famosos e icónicos Chupa-Chups, a miles y miles de culés que sufrían de forma sistemática, hasta tal punto que la especie del ‘culé patidor’ se encuentra ahora en peligro de extinción. Es el padre espiritual de toda una generación de aficionados que sólo han visto a su equipo ganar y ganar y que han llorado con él, pero esta vez de felicidad. Plantó y cultivó la semilla de uno de los equipos más espectaculares jamás creados, espectáculo que no iba reñido con títulos, y es culpable indirecto de quizá el mejor equipo de la historia. Sobre su figura se ha levantado todo un modelo y una filosofía a la que acudir cuando la pelota, caprichosa, decide no entrar, modelo que va desde los niños de cinco años hasta aquellos que salen al Camp Nou cada dos semanas a jugar.

Hoy hace cuarenta años que Cruyff debutó con el Barcelona. Los culés necesitaremos cuarenta años más para seguir agradeciéndole esa extravagante idea con la que llegó en 1988. Gracias, Johan.

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