El delanterismo

Ernest Folch, quien entre otras tantas virtudes tiene la de encontrar una palabra exacta para definir alguna realidad, regala este lunes en un artículo imprescindible de El Periódico la que podría resumir el cambio en el Barça: El delanterismo. Con ella explica el que, parece, se ha instalado como sistema de un equipo desconocido respecto a su pasado. Más aún, a su íntima personalidad.

El fichaje, aplaudido y elogiado de manera unánime, de Luis Suárez ha provocado, al menos en sus dos primeros partidos oficiales, que el Barcelona haya aparcado ya sin disimulo una forma de jugar que creó escuela en todo el mundo. Mejor o peor, la apuesta del Barça se adivinó innegociable a través de la posición y de la posesión. El rondo, los centrocampistas, el toque, la velocidad del balón. Una forma de vida en si misma en lo que al fútbol se refiere que, bueno es no olvidarlo, regaló al barcelonismo sus mejores años y que, de sopetón, ha pasado a la reserva.

El club, el equipo, se mira al espejo y no debe reconocerse con su pasado más esplendoroso. Porque hoy todo pasa por un juego que busca la portería rival sin esperas de ningún tipo, busca a sus delanteros directamente desde la defensa, con transiciones supersónicas que convierten a los centrocampistas en poco menos que espectadores de lujo, que aparta del plano a los peloteros y se entrega a sus delanteros para cerrar el debate a través del gol.

A Luis Enrique se le demanda que sepa encajar en el mismo once a tres delanteros de la talla de Neymar, Suárez y Messi sin caer en la cuenta de la propia personalidad de cada uno, invitándole a un invento que se antoja una quimera porque dando por hecho que Leo es el jefe y que Ney puede y debe acompañarle en un segundo plano, se descubre que en todo el embrollo Suárez, el tercer hombre, queda condenado a una labor que nunca contempló en el pasado.

¿Demasiados gallos en el mismo gallinero? En el Madrid de los Galácticos Florentino Pérez encajó por la fuerza a Beckham a una plantilla en la que su lugar natural estaba ocupado por Figo. El inglés acabó jugando de mediocentro. También se condenó a un excelente Owen que ni de broma podía esperar hacer sombra a Ronaldo… No hay, nunca, sitio para todos.

Y ahora, de entrada, se ve en el Barça a Suárez, un ‘9’ excepcional, condenado a la banda para que todos tengan sitio. Porque Messi es Messi, obviamente, y porque da miedo pensar que pudiera repetirse el caso de Ibrahimovic. Y el uruguayo, de entrada, lógicamente, asume el papel. De momento.

Sin que sirva de ejemplo, o sirviendo, el pasado devuelve a la memoria el nombre de Gary Lineker, a quien Johan Cruyff condenó contra su voluntad a jugar de extremo siendo como era un goleador. Más atrás, en el verano de 1980, el Barça amenazó al mundo con una dupla que se adivinaba mortal: Krankl y Quini. El austriaco, que volvía de una cesión tras una primera temporada brutal, apenas marcó tres goles antes de marcharse al Rapid de Viena.

La calidad futbolística de Luis Suárez se entiende superior a la de Lineker, mucho más a la de Hansi y también, claro, a la de Owen… Pero el presente futbolístico del Barça trasluce un problema de difícil solución. Entregado a sus delanteros, Luis Enrique no muestra un plan general para el equipo.

Y a la que se desmoronó el castillo en el Bernabéu o no quiso entrar la pelota contra el Celta salió a la superficie lo que ocultaron victorias que se vendieron en su momento como brillantes pero que en realidad no lo fueron tanto. Como el apurado y afortunado triunfo en Villarreal, como el ajustado contra el APOEL, el discreto frente al Athletic, el incómodo sobre el Eibar o la goleada al Granada.

Del Barça del rondo al Barça de los delanteros. No podía haber una expresión mejor. El delanterismo amenaza las esencias.

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