El corsé de Cerbero

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Una de las figuras más recurrentes de la mitología griega es Cerbero, el perro de tres cabezas que custodiaba las puertas del inframundo, reino de Hades. Su función era doble: no dejar entrar a los vivos e impedir que los muertos abandonaran su lugar. Los héroes, tan abundantes en la mitología clásica, se topaban siempre con él cuando intentaban adentrarse sin permiso en los dominios del Dios de los muertos. Sus tres cabezas lo convertían en una amenaza temible para aquellos que osaban enfrentarse a él y pocos fueron los que consiguieron burlarlo.

Es lógico pensar que cuando el Barça pagó este verano 57 millones en una operación clara como el cielo de Pekín por Neymar, lo hacía apoyado en un extenso informe deportivo que garantizaba que los riesgos deportivos fueran mínimos, así como es de esperar que la vertiente mediática del jugador sólo fuera considerada como un plus y no como uno de los pilares de la operación. Porque sí, el brasileño es una máquina de hacer dinero, pero esa máquina sólo va a funcionar si él hace lo propio en el terreno de juego. Y, anclado en la banda, su fichaje va a resultar un fracaso, no porque no pueda jugar ahí, sino porque Neymar no es un extremo. Por 57 millones hay extremos mucho mejores en el mercado. Incluso el Barça cuenta con Tello para jugar en esa demarcación a un nivel considerablemente alto.

La banda es para Neymar un medio, definitivamente no su fin y no lo será jamás. Un día lo fue, pero cuando un jugador se sabe tan desequilibrante al abandonar la cal ya no quiere regresar ahí. Le pasó a Ronaldinho, también a Messi, a Ronaldo, más recientemente a Bale y es posible que Deulofeu siga el mismo camino que ellos. Retenerlos en la banda supone poner las esposas a su potencial, frustrar al jugador. Catalogar a Neymar como jugador de banda es similar a clasificar al Ebro como río de montaña: los dos parten de ahí, pero su desembocadura se encuentra en otra parte. El mejor Neymar sólo saldrá de la lámpara cuando se sienta libre para crear, tal como Scolari ha podido comprobar en el combinado brasileño, en el cual ya es referencia absoluta.

El problema -la bendición- es Messi. No hay jugador en el panorama europeo con tanta libertad como Messi. Puede partir desde su propio campo, transitar por el último tercio del terreno de juego o caer a las bandas si le apetece. Es un comodín, un autónomo del deporte rey que la mayor parte de las veces va a devolver con intereses ese préstamo de la llave maestra. Sin embargo, como cualquier pacto con el Diablo, tener y hacer brillar al mejor jugador del mundo tiene su faceta negativa: el resto del equipo debe trabajar más para asegurar que esa libertad de movimientos no es aprovechada por el rival. Hasta el momento, las dos partes han salido extremadamente beneficiadas del acuerdo, como demuestra el oro en la vitrina de Messi y la plata en la culé.

Esa simbiosis es una losa mayúscula para Neymar, un jugador diseñado para crear y no para ser gregario. También la sufrió Ibra, con la diferencia que este último carecía de la movilidad del ex-paulista. Ese carácter nómada del brasileño y su edad hacen factible su re-educación en las bases que sentó Cruyff y refrendó Guardiola, partiendo, no obstante, de una premisa: Neymar no es ni será un extremo. Tiene talento, velocidad y desborde como para marcar diferencias enganchado a los límites del campo, pero no llegará a ser el mejor especialista del mundo ni tampoco alcanzará el podio de los mejores del planeta sin el oxígeno que le aporta el carril central. Los aficionados culés lo han podido comprobar ya en los dos meses que lleva aquí: su mayor rendimiento lo ha ofrecido cuando ha jugado sin Messi, ausencia que deja un vacío tremendo en el centro del ataque culé, un agujero que Neymar ansía devorar como fruto prohibido.

Conseguir que las dos estrellas congenien es el principal reto tanto del Barça como de Martino. El sistema no debe ser paradigma de la inmutabilidad ni un agujero negro que engulla cualquier posibilidad de cambio, sino un punto de apoyo, como lo fue para Guardiola. Si el Tata logra darle espacios a Neymar sin amenazar la libertad -ni los galones, igual o más trascendente- de Messi, el salto cualitativo puede ser de esos que dan acceso a las finales continentales. Defender a Messi es complicado, pero se ha demostrado tanto su viabilidad como el cortocircuito que provoca en el frente ofensivo culé. Ahora bien, fijar a Messi y obviar a Neymar sería un suicidio para la mayoría de las zagas. Y marcar a los dos supondría que la segunda línea culé, para nada privada de talento, podría llegar con facilidad al marco rival.

Ya va siendo hora de liberar a Cerbero.

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