Si en unos años alguien se dedica a compilar los grandes partidos del Barça, propongo que para el de anoche en San Mamés recurra a Bohemian Rhapsody de Queen como banda sonora. Pocas canciones me parecen más adecuadas para la ocasión que una que comienza preguntándose si esto que vivimos es real o una fantasía, pocos versos habrá que resuman tan bien la incredulidad del espectador mientras el conjunto dirigido por Luis Enrique enlazaba combinaciones a unas velocidades que reducían el verde al de un futbolín. Freddy Mercury canta la historia de un tipo que ha cometido un asesinato y el Barça, en cierta manera, en otro plano, también es culpable de ello, aunque para entonces sería mejor que, hacia el final del partido, irrumpiera Jim Morrison con su The End.

El Barcelona llevaba meses jugando acomplejado. Como si sufriese el mismo mal que Edipo, el equipo culé codiciaba la idea de entregarse a la velocidad a la vez que anhelaba acabar con su antecesor. El técnico asturiano trajo consigo a un psicólogo y se propuso tratar al paciente, resolver la dicotomía. San Mamés, que a estas horas suponemos rodeado por un extenso cordón policial, fue a la vez testigo de la resolución definitiva del conflicto y cómplice de los múltiples golpes que enterraron en ese escenario sagrado al ascendiente culé. Luis Enrique había impuesto su deseo o había dado por bueno el que había nacido en el vestuario. Tanto monta o monta tanto, porque la querencia por pisar el pedal del acelerador a fondo parece compartida por entrenador y estrellas tanto como sufridas por otros jugadores que, como Iniesta, disponen de pocos caballos en el motor y de aún menos tracción para adaptarse a terrenos desconocidos.

Acabe la temporada como lo haga, poco más se le puede pedir al nuevo técnico. El Barça post-Guardiola y Tito, el del parto complicado a principios de 2012, contaba con demasiadas vías abiertas como para seguir obedeciendo el principio de Arquímedes. Tratar de volver al pasado hubiese representado seguir golpeándose la cabeza contra la pared y difícilmente haya una mejor metáfora de lo que representó el año del Tata Martino. El conjunto culé ya no podía ganar desde el dominio con el balón, el esférico había dejado de moverse con la misma rapidez, esa velocidad de crucero necesaria para desarbolar unas defensas que se hallaban muy cómodas defendiendo atrás y castigando la débil retaguardia del nuevo viejo Barcelona. El ex-técnico del Celta vino a cambiar eso, a lograr una identidad nueva y a buena fe que parece haberlo conseguido.

Todo es más fácil, claro, cuando uno cuenta en la plantilla con Leo Messi. Si el argentino fue coronado como mejor jugador del mundo desde el juego de posición, nada parece interponerse entre él y esa distinción partiendo desde un panorama totalmente distinto. No importa a qué se juegue o dónde se juegue, Messi es un motor de caos en todas las situaciones, tanto que no sorprendería saber que juega con un croma detrás con el que se adapta a cualquier situación del juego. Leo facilita cualquier transición porque nadie entiende el juego como él, no hay faceta que se escape de esos pies en los que lleva imanes para atrapar el cuero. Harán falta años para poder apreciar con la perspectiva necesaria la dimensión de este futbolista que se empeña, noche tras noche, en vestirse de especialista para todo.