El Barça pierde el fútbol

El Barça no fue ayer el Barça. Y, lamentablemente, viene no siéndolo desde hace algunos partidos. El equipo que tradicionalmente ha definido su juego en el centro del campo, donde se ganan y se pierden los partidos, renunció a hacerlo en favor de una presunta verticalidad que no hace sino descuartizar su esencia.

La idea, de haberla, consiste en hacer llegar el balón a los tres de arriba para que éstos, cargados de dinamita y clase como pocas delanteras en el mundo, decidan a base de pegada.

Han pasado apenas tres años, pero poco queda de aquel equipo que, con siete centrocampistas, destrozó al Santos en lo que el por aquel entonces técnico –cuyo nombre obviaremos para evitar ser acusados de nostálgicos o de algo peor– calificó como el partido perfecto. Permanecen algunos jugadores, ideales para practicar el juego de posición, pero inútiles para jugar al correcalles.

La derrota del clásico ha sido la excusa perfecta para que Luis Enrique se cargue de razones. De las suyas, claro. La tripleta BusquetsXaviIniesta naufragó por varias razones, entre ellas si evidente nivel de forma, pero no es menos cierto que la disposición táctica desplegada sobre el Bernabéu pretendió convertirles en lo que no son. ¿Fallan los jugadores o lo hace la pizarra? Sin un Piqué a quien achacar los errores habituales, conviene analizar si lo que lo que Luis Enrique exige a sus hombres puede ser satisfecho con la actual plantilla.

A día de hoy, los centrocampistas del Barça apenas tienen incidencia en un estilo de juego donde el protagonismo ofensivo recae sobre unos laterales incapaces, por ahora, de asumir esa responsabilidad. Resignados ya al tradicional déficit de seguridad en el centro de la defensa, los carrileros desequilibran, sí, pero no al rival, sino al propio Barça. Sus incorporaciones por la banda, teóricamente para sorprender al contrario, acarrean tal cantidad de déficits que hacen peor el remedio que la enfermedad. Los tres delanteros convergen en el centro para dejarles espacio y para intentar aprovechar unos centros que, o no llegan, o llegan mal. Y en ese caso, el vacío que dejan a sus espaldas difícilmente puede ser cubierto por los interiores. La cadena continúa con un Busquets multiplicándose y, sobre todo, dando un paso atrás para engancharse a los centrales, lo que parte al equipo y perjudica notablemente su aportación en el control y la construcción del juego. El resultado, como ejemplo más ilustrativo, es un Alves que corre más que nunca (hacia atrás) y que aparece casi siempre en la foto de las contras (o goles) del rival.

La idea de juego es respetable, pero chirría de forma tan desagradable como el arañazo de una uña sobre una pizarra porque la composición de la plantilla no es la adecuada para llevarlo a cabo. El club ha gastado como nunca y, de momento, la única consecuencia parece ser la confusión propia y la de sus seguidores. Hoy tenemos un recambio para Alves que transmite malas vibraciones y menos confianza, un central de rendimiento inmediato que es el mejor del mundo haciendo trabajo específico, un centrocampista de gran nivel que seguramente acabe cuajando y uno de los mejores delanteros del mundo.

Pero en la medular, donde se manejan los partidos, el Barça está cojo para jugar como quiere Luis Enrique. Si la intención de Zubizarreta era fichar para mantener el estilo de juego, se ha equivocado. Si, por contra, la pretensión era cambiar la manera de jugar para hacer un equipo más vertical y capaz de mutar en función del rival, la plantilla no tiene la versatilidad adecuada.

El Barça ya no controla los partidos. Ni siquiera practica aquel ‘juego de balonmano’ con el que muchos quisieron denostar el modo de atacar de la última temporada de Guardiola, de la etapa Tito/Roura o del año de Gerardo Martino. Este Barça de la intensidad y la presión se desmiembra y seguirá haciéndolo mientras siga partido en dos, mientras el jefe Busquets –que no anda fino, todo hay que decirlo– esté más pendiente de lo que tiene detrás que de crear y mientras la única iniciativa sobre el césped para unir ambos extremos del equipo la tome un jugador, Messi, intentando incrustarse en el centro del campo para tocar unos balones que antes le llegaban mucho más cerca del área, donde realmente hace daño, porque no tiene carteros que le entreguen la pelota.

Para muchos, el problema se reduce a que el Barça no haya dado la talla ante los equipos grandes. Para otros, irredentos idealistas entre los que se encuentra quien firma esto, es que el Barça se ha perdido a sí mismo. Dentro del campo, donde no es reconocible, y fuera de él, donde quienes mandan se preocupan más de saber si los socios introducen pancartas en el estadio o de proteger su ego que de hacer funcionar un club de fútbol.

El Barça, que siempre ha sido fútbol, ya no es el Barça. En sus manos está volver a serlo o que la temporada se haga larga como un día sin pan. Aún estamos a tiempo.

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