No falla. Cada vez que se acercan unas elecciones a la presidencia del Barça, todos los precandidatos se llenan la boca con palabra ismos. “Hay que acabar con los ‘ismos’”, dicen, como si ignoraran que el ismo es, en realidad, el verdadero ADN del club. Es el ismo quien lo mantiene vivo, el pegamento que no permite al Barça caer en el estado vegetativo del Real Madrid, cuya afición siempre ha sido más propensa a someterse a los caudillajes que a reivindicar la institución como propia.

El socio del Barça tiene la impresión de ser el propietario del club. Y es cierto que formalmente lo es, tanto como que en la práctica son otros quienes manejan los hilos. Gentes con tanto dinero como ansia de lograr más, personas insaciables que una vez han saboreado el gusto de esa sangre adictiva llamada poder son incapaces de dejar de lado una golosina tan apetitosa como el club azulgrana.

Decía que el socio se siente dueño del Barça y, como es normal, tiende a defender su propiedad con uñas y dientes. Defiende –con dureza, si cabe– que aquello que siente como suyo debe ser como él piensa, independientemente de la existencia de otros miles de copropietarios que no tienen por qué tener esa misma concepción. Olvida el socio que el socio como dueño no existe, sino que la atomización de la propiedad formal de la institución es un modo más de autosometerse a quienes de verdad manejan un cotarro que va más allá del fútbol, del césped y de las emociones.

Y ocurre que cada cuatro o seis años (que uno acaba por perderse), al socio y su ismo –el suyo propio, único e incompartible– le llaman a filas para que tenga la ilusión de que cuenta con el poder necesario para poner y quitar mandamales (que no mandamases). Obediente y amparado por el soporte moral de una masa de ismos similares al suyo, se arma de una papeleta pensando, ingenuo, que él decide.

En ese momento, el socio se siente soberano. Alza su carné sin percatarse de los invisibles hilos que, en forma de opinión publicada, van a dirigir cada uno de sus movimientos. Él sabe lo que le gustaría para el Barça, pero seguramente ignora el modo en que a través de un imperceptible gotero le han inoculado un virus. Su ismo ya no es su ismo, sino el ismo de un Leviatán que cambia la violencia por sutileza y que une a su omnipotencia una invisibilidad que lo hace aún más fuerte. Intoxicado por unos y otros, el socio vota lo que le cree que le ordenan sus emociones, sus anhelos de propiedad y su carácter de dueño, pero ignora que el Barça que ve y al que aspira no es más que la sombra que refleja la hoguera en la pared de la mediática caverna donde se alimenta.

Por eso es imprescindible que en esta campaña electoral afloren todos los ismos, los del poder y los de quienes lo desean. Pero incluso es más necesario que los precandidatos no se dejen nada en el tintero, que salga a la luz toda la mierda que hay escondida –y la hay, no lo duden– en los cajones de más de un escritorio para que el socio pueda, por lo menos, intuir la existencia de los hilos que le manejan.

Que los socios no voten a un candidato, sino a un ismo. Que no quede nada escondido para que podamos salvarlos. Y conviene mantenerlos vivos porque acabar con los ismos sería terminar, seguramente, con el propio Barça.