El Barça se desintegra en Anfield

Hace muchos años, TVE emitió un programa centrado en la seguridad vial llamado ‘La segunda oportunidad‘. Lo dirigía Paco Costas y arrancaba con un viejo adagio: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra“. Para dar validez a esa frase, el Barça repitió y agravó el desastre de Roma dejándose remontar un 3-0 por un Liverpool que disputará la final de la Liga de Campeones tras endosar 4 goles al once de Valverde.

La derrota, que concide con el aniversario de aquella de 1986 en Sevilla, es tan dura como merecida. La semifinal se jugó siempre a lo que equipo de Klopp quiso, tanto en el Camp Nou (pese al 3-0) como en Anfield. Y ocurrió porque el técnico alemán fue fiel a su forma de entender el fútbol, mientras que Ernesto Valverde prefirió emular a Maguregui en casa y fuera y dejarlo todo a esa suerte que suele funcionar y se llama Leo Messi.

Valverde reconoció la víspera del partido que no quería el control, una afirmación que no es más que la expresión verbal de la renuncia a la esencia tradicionalmente exitosa del Barça. Una esencia que consiste en aquel principio tan cruyffista de tener el balón para atacar y para defenderte, porque si lo tienes tú no lo tiene el rival.

El cúmulo de despropósitos (dos errores de Jordi Alba que costaron otros tantos goles, una desatención propia de alevines en el 4-0, la escasa puntería en ataque…) fue de tal magnitud porque, hoy en día, el equipo se encuentra siempre entre dos aguas, con jugadores herederos del viejo estilo y otros que, como Arturo Vidal –enorme primera parte la suya, lo que no deja de ser un mal síntoma– tratan de encajar como pueden.

La copa tan linda y deseada de la que habló Messi en la pretemporada no vendrá tampoco este año a las vitrinas del club. La derrota puede doler, pero no tanto como la sensación de que el equipo sobrevive de los últimos estertores de la quinta del 87 y no ha sabido renovarse. En esa lógica en la que el delantero centro titular no marca fuera de casa desde hace años, el club se gasta 160 millones en el que seguramente sea el primer brasileño indolente de la histora del fútbol y el entrenador se ve superado por sus apretones intestinales cuando llegan las eliminatorias grandes no augura nada bueno para el Barça. Un club, además, que debe reflexionar sobre cómo afrontará la cada vez más próxima retirada de Leo Messi y el vacío que dejará cuando cansado, frustrado, hastiado o simplemente mayor, decida jugar un par de años en Ñuls.

Hoy el Barça perdió por cagón, por ir de sobrado y por renunciar al camino que le llevó al triunfo no hace tantos años. Y ni siquiera apareció un Iniesta que desbordara la euforia en el descuento como ocurrió hace diez años y un día. Diez años y un día, toda una condena como la que va a sufrir durante mucho tiempo el barcelonismo. Merecidamente.

Foto: Efe.

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