El Barça de Luis Enrique no habla de fútbol

Cuando hablar de fútbol se torna una molestia es señal inequívoca de que algo va mal. Los barcelonistas han estado tan bien acostumbrados a tener entrenadores capaces de diseccionar un partido en una rueda de prensa que duele ver el modo en que uno, Luis Enrique, huye ese tipo de charlas. Guardiola hacía de cada comparecencia una clase –el magisterio o no que lo valore cada uno– hasta el punto de ser tildado de sobrevalorar al rival, por muy flojo que resultara a priori. Tito Vilanova era, si cabe, aún más futbolero que su predecesor, y Gerardo Martino siempre encontraba hueco en sus respuestas para charlar del juego con aquel tono suyo, tan propio, pausado y alejado de la polémica.

Fútbol. De eso se trata. De eso va esta cosa llamada Barça, de debatir acerca de la inamovilidad del estilo, de la innegociabilidad del juego de posición, de la brillantez y el espectáculo. De fútbol.

La actitud de Luis Enrique es, curiosamente, la contraria. Resulta imposible sacarle una respuesta futbolera por mucho que se intente. Entre que a los periodistas nos gusta más el barro de las polémicas que el arte del balón y que el asturiano tiene un carácter, digamos, singular, el choque de trenes está asegurado. Es más, uno intuye que ya lo estaba desde que empezó a sonar su nombre de Luis Enrique candidato a ocupar el banquillo culé. Unos le esperaban y él, incapaz como reconoció de aceptar las críticas, permaneció en pie, impasible, sobre la vía.

Hoy, la gran mayoría de barcelonistas están perdidos. No entienden a qué juega el equipo, por qué algunos jugadores siguen saltando al césped por mal que lo hagan ni tampoco los altibajos que ha sufrido el Barça en los dos meses largos de competición. Son –somos– incapaces de comprender los motivos de jugar de una manera durante las primeras semanas y de pronto, ante el máximo rival, saltar al césped a hacer algo en lo que el técnico parece no creer. Y lo cierto es que despejar esa incógnita se antoja prácticamente imposible si unos nos centramos en castigos y suplencias y el técnico no dice una palabra de fútbol.

Durante mucho tiempo, Ramon Besa decía que el equipo era el sostén de un club permanentemente azorado que no se derrumbaba gracias a los éxitos deportivos. Y eso era tan cierto como que desde que se lograra la liga de los 100 puntos, los resultados brillan por su ausencia. Hace un año y medio de eso y no nos queda ya ni la educación, la paciencia y el saber estar de un Martino a quien le pudo venir grande el banquillo, pero que jamás perdió la compostura.

Hoy, Luis Enrique ha perdido los papeles –si no la educación– en la rueda de prensa del mismo modo que, tal vez, la prensa ha perdido la paciencia. Enderezar el rumbo del equipo está en sus manos; que éste siga sosteniendo al club no parece que sea tan fácil cuando el presidente anda de gira mediática tras la famosa sentencia y el ex-presidente Laporta le mete el miedo en el cuerpo al explicar que cada día está “más motivado” para presentarse a las próximas elecciones.

Resulta triste pensar que ya no tenemos pedagogía ni discursos didácticos en el banquillo. Pero es aún más descorazonador pensar que eso ocurre porque cada vez nos queda menos fútbol. Fútbol. De eso se trata, Luis Enrique.

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