El Barça de Cable Hogue

Me fascinan los westerns crepusculares. Lo hacen porque, alejados de la sobredosis de testosterona de las películas del oeste de los años 50 y 60, me parecen un magnífico canto del cisne del género. En 1970, Sam Peckinpah hizo que Jason Robards diera vida a un antihéroe en ‘La balada de Cable Hogue’, una historia que relata en apenas dos horas el viaje del protagonista desde la miseria propiciada por una traición al éxito que le proporciona el azar, pero donde Hogue termina atropellado por la imparable llegada del progreso.

A quienes ya tenemos una edad (todavía no crepuscular, afortunadamente), el inicio de temporada del Barça nos está transportando a los años 80, cuando el equipo ganaba en casa con solvencia y perdía en el Helmántico, Altabix o el Plantío. La diferencia entre aquel equipo de los oscuros tiempos del nuñismo y el que en pleno siglo XXI pincha en el Sadar o en Los Cármenes es que lo hacen a la vista de todos.

Si antes no teníamos más herramientas que las narraciones de Fernández Abajo, Valdivieso o Puyal para hacernos una idea del ridículo, ahora lo vemos en vivo y volcamos nuestro cabreo en las redes sociales con la misma furia con la que cayeron almohadillas al césped del Camp Nou la tarde de Guruceta.

Hoy sería impensable ver a Rexach moverse solo por la banda del Rico Pérez en la que no tocaba el sol sin que le corrieran a gorrazos pero, por contra, contemplamos futbolistas sin el nivel mínimo exigible para formar parte de este equipo que son alineados una jornada tras otra confiando en que la magia de Messi se ocupe de todo.

Las condiciones variaron, pero el fenómeno del cabreo sobrevive. Seguramente ya no queda nadie que se acueste sin cenar tras una derrota, ni tampoco que amenace con romper el carné de socio después de un pinchazo. Las nuevas generaciones de culés, acostumbradas a ver ganar casi siempre a su equipo, no tienen ese lastre de la derrota a oscuras, sin luz ni cámaras, que padecemos los mayores. Y es probable que ese peso de la derrota sea más necesario que nunca para despertar de la anestesia a la parroquia.

La incapacidad demostrada por los directores deportivos del último lustro a la hora de renovar un equipo llamado a dejar su huella para siempre en Europa se está pagando ahora y desde hace algunos años. Lo mismo ocurre con la nula planificación de una directiva que ha apostado por reunir cromos y construir su Sagrada Familia en lugar de consolidar un equipo y, más triste aún, por dejarse manejar por un vestuario que se ha comido a un Ernesto Valverde a quien el traje le va varias tallas grande.

No vimos en directo a Magdaleno marcarle a Artola, ni a Trobbiani cabecear a la red de Urruti, pero somos testigos de la incapacidad de Suárez para marcar fuera del Camp Nou, de las carencias tácticas de Semedo o de cómo el entrenador es incapaz de aprender de un año para otro y se deja remontar tres goles en dos eliminatorias de Champions League sin que su cargo peligre.

Ahora más que nunca es preciso sacudir el avispero, mover los cimientos del Camp Nou para que al Barça no le ocurra lo que a Hogue y termine atropellado por los equipos que se adaptan a la evolución y al progreso. De lo contrario, corremos el riesgo de tener en el futuro un teatro magnífico en el que los socios, resguardados de la lluvia, vean deambular un grupo de patanes en el momento cada vez más próximo en que Messi decida dejarlo. Evitarlo es una cuestión de sentido común.

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