El (apacible) anonimato de los doblistas

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No es lo mismo ser un jugador de tenis que un jugador de tenis de dobles. No es lo mismo llamarte Tsonga (11º del mundo) o Gulbis (13º del mundo) que David Marrero (11º del mundo) o Marc López (13º del mundo). Por eso es fácil imaginar más de una escena en la que un doblista “disfruta” de un apacible anonimato y pasa desapercibido en muchos rincones en los que un tenista con el mismo ránking pero en individuales despierta más de una mirada.

En un aeropuerto o en un club de tenis, Marrero o López, por muy accesibles y amables que sean (y lo son, de hecho), no van a ser perseguidos por una nube de ‘caza-autógrafos’ o ‘caza-selfies’. Es más. Puedo asegurar que Nestor y Zimonjic, que han jugado (y ganado) varias veces el Conde de Godó, si no fuera por los grandes portarraquetas que acarrean, podrían decirle a la chiquillería del Real Club Tenis de Barcelona que suspira por las firmas de sus estrellas que son camareros o encargados del mantenimiento de las pistas. Y les creerían. Porque no tienen sus caras y sus hazañas (once títulos de Grand Slam) memorizadas en sus retinas.

Juegan injustamente en pistas alejadas de la central de cada torneo. A horas intempestivas. Sin televisión. Y muchas veces tienen que abstraerse de los aplausos que escuchan de pistas cercanas. Ellos se merecen también esos aplausos. Pero no les llegan.

Y eso que, entre López y Marrero, por ejemplo, suman 20 títulos ATP (dos Masters incluidos). Y eso que han llegado a ser 3º y 5º del mundo, respectivamente. Y eso que, por diferentes vicisitudes, han tenido que cambiar de pareja poco antes de disputar un torneo. Y eso que dominan, como pocos, dos golpes poéticos, como son la volea y el globo (el mismísimo Rafa Nadal siempre ha dicho que el mejor globo del circuito lo ejecuta su colega López). Dos golpes casi en vías de extinción. Ya se sabe, son los tiempos en los que la estética ha sido hecha prisionera por la fuerza.

No les invitan a eventos televisivos ni sus parejas son cotizadas o conocidas en las discotecas más glamourosas. Pero seguro que se toman sus copas. Tranquilamente. Sin focos. Aunque tengan que pagarlas.

Puede que anhelen de vez en cuando un poco más de reconocimiento a su trabajo. Algún aplauso en su propia pista. O un autógrafo de algún chaval que sueñe con ser como ellos. Y que se sepa sus nombres.

O quizás, con una agridulce resignación, hace tiempo que se conformaron con una cierta clandestinidad tras no alcanzar una mayor popularidad. Siempre que te decantas por una opción acabas encontrándole sus ventajas. Y el ser anónimo en un circuito –y en un mundo, tal vez- cada vez más mediatizado como el del tenis seguro que las tiene. Apuesto a que, en más de una ocasión, las agradecen.

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