El adentrismo

Suele decirse que el barcelonismo no sería lo mismo sin los ismos. No por cacofónica, que lo es, la frase deja de ser cierta. Es el Barça un club que tiene la división tan ligada a su esencia que se diría que es ese –y no el modelo con el que todo el mundo se llena la boca– el verdadero ADN del club. En su día ya escribimos que el Barça es un ismo, pero hace algunos años que ha emergido la figura de otro ismo: el adentrismo. Pero, ¿qué es el adentrismo?

Para entender el concepto de adentrismo hay que remontarse a la temporada 2008-09, cuando un entrenador llamado Josep Guardiola agarró un Barça moribundo y logró rescatarlo de la dejadez para hacer que desplegara durante cuatro años el que mucha gente considera el mejor juego de la historia. Y, no contento con eso, resultó que a aquel equipo le dio por ganar títulos. No uno, ni dos, ni diez, sino 14.

Aquel éxito logrado de la mano de Guardiola, Tito Vilanova, Messi, Valdés, Iniesta, Xavi y compañía generó dos curiosos fenómenos. Uno, indudable, el de la euforia orgullosa de quienes sentían como propios esos éxitos, más allá incluso de los colores; el otro fenómeno fue el adentrismo. Adentrismo en el gran rival y su entorno mediático y, lo que es más triste, entre parte del propio.

El adentrismo del rival rozó el esperpento durante la etapa de Guardiola en el banquillo culé y tocó techo cuando Mourinho llegó a Madrid e, incapaz de tumbar al monstruo, presumió de haber pasado de cuartos de final de la Liga de Campeones mientras su prensa afín le reía las gracias. Ocurrió, sin embargo, que el tiempo acabó por destapar una sorpresa: el adentrismo del Real Madrid no era con el Barça, sino con su entrenador. Ni la marcha de Guardiola del club sirvió para apaciguar ese sentimiento. Y hoy, siete años después, todavía se celebra en lo que Joan Laporta llamaba ‘la caverna’ cualquier derrota del entrenador de Santpedor. La última, con portadas que escriben el nombre del entrenador con letras de gran tamaño en, qué casualidad, color amarillo.

Pero decíamos que existe también un adentrismo local, más incomprensible aún que el rival. Es este adentrismo un fenómeno más radical, porque quienes lo padecen tuvieron que tragárselo durante cuatro años. Son los herederos de quienes, en época de Josep Lluís Núñez, el presidente delincuente que da nombre al museo del club, no dudaron en deslizar rumores de mal gusto sobre Guardiola y su salud. Son quienes llenaron la boca de sextete y triplete mientras producían una bilis que acabó por derramarse cuando el técnico dijo adiós. Son quienes dirigen, subdirigen y maldirigen algún diario deportivo centenario. Son quienes no han empatado con nadie y se permiten hablar de fracaso o de mentira.

Se puede discutir sobre el trabajo de Guardiola en el Bayern y en el Manchester City. Se puede –es más, se debe– cuestionar qué les ocurre a esos equipos para encajar goles con tanta facilidad en las eliminatorias de la Liga de Campeones. Incluso se puede discutir dónde está el límite que define el fracaso. ¿En no alcanzar unas semifinales? ¿En que tu delantero estrella falle un penalti? ¿En que tu central falle estrepitosamente y conceda dos goles? ¿En que el VAR te quite un gol y conceda otro en contra que ofrece alguna duda? Todo eso es fútbol, lo demás es adentrismo.

Y llegados a este punto, ¿saben ya qué es el adentrismo?

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