Sí, sí, sí, me mola Petrovic” era uno de los gritos de guerra de la Demencia allá por el año 1987. Por aquél entonces, un equipo yugoslavo acentuaba su dominio en el baloncesto continental tras ganar su segunda Copa de Europa consecutiva contra el Zalgiris de Kaunas, la primera había sido contra el rival acérrimo del cuadro estudiantil, el Real Madrid.

Es mi última temporada en la Cibona”. En medio de toda una vorágine de euforia y celebraciones, esta frase pronunciada por Drazen Petrovic, la máxima estrella del equipo, provoca una profunda decepción en la afición del célebre club de Zagreb.

Es el año 1979 y el KK Sibenka, equipo de la ciudad de Sibenik, asciende a Primera División con una nueva hornada de jóvenes jugadores emergentes que logran transformar al club en una alternativa real a Partizán, Bosna Sarajevo y Estrella Roja, auténticas referencias en los años 70.

Alexander Petrovic era la gran estrella del equipo. Miembro de la selección yugoslava desde 1982 y medalla de bronce en el Mundial de Cali, Alexander era un base carismático, provocador y con una personalidad vehemente que solía imponer en la pista. Ese mismo año (1979), debuta con el primer equipo un juvenil que venía promediando 50-60 puntos por partido. Tenía sólo quince años y era el hermano pequeño de Alexander. Coincidieron en un breve espacio de tiempo hasta que el mayor fichó por el gran club croata, la Cibona de Zagreb.

Aquel chico con una gran cabeza rizada y de apariencia enclenque, era absolutamente distinto a todo lo que se había visto hasta el momento. Superaba a su hermano mayor en cualquier faceta del juego. Tirador excelso -era capaz de promediar cifras cercanas a los 50 puntos y 25 asistencias en el campeonato doméstico-, consigue llevar al Sibenka a la final de la Korac con tan sólo 18 años, perdiendo contra el Limoges de Dacoury.

Jugaba como si estuviera poseído por una fuerza maligna. Cada partido era una venganza, mostrando una necesidad constante no sólo de ganar, sino también de humillar, como si tuviera que demostrarle a su país que haberle dejado fuera de la lista del Mundial de Cali fue una barbaridad.

Antes de firmar por la Cibona, siguiendo el camino de Alexander, llevó al Sibenka al título de Liga yugoslava contra el Bosna Sarajevo y a una nueva final de la Korac, que volvieron a perder con el Limoges francés.

En la Cibona que entrenaba Mirko Novosel brillaban jugadores de la categoría de Andro Knego, Mihovil Nakic y Zoran Cutura, que junto con Alexander Petrovic aunaban personalidades potentes y definidas. Puño en alto, penetraciones a la canasta con un magisterio descomunal, doble finta con tiro a tabla, triples en carrera, el repertorio de ese genio llegado de Sibenik era inagotable y rápidamente se hizo referente y líder del equipo.

En su primer año anota 32.2 puntos de media en el campeonato nacional que gana la Cibona, y 30 puntos por partido en la Copa de Europa, la primera que consigue el club en su historia (1985), ante el Real Madrid de Wayne Robinson, Fernando Martín y Brian Jackson. Ya en la liguilla se habían enfrentado dos veces con sendas exhibiciones de Petrovic, (79 puntos entre los dos partidos). En esa final anotó 38 puntos, sacando de quicio a Iturriaga, a quien retaba con la lengua fuera cada vez que subía el balón. Con sólo 22 años ya era campeón de Europa.

La leyenda de Drazen Petrovic, lejos de menguar, siguió creciendo la siguiente temporada (1986) cuando su equipo disputó la final de la Copa de Europa frente al Zalgiris Kaunas. El conjunto lituano, capitaneado por Arvydas Sabonis -imponente, hierático y estandarte del rigor soviético- y con jugadores de la categoría de Kurtinaitis, Homicius y Iovaisha, era la base de la selección soviética que sería campeona olímpica en Seúl.

Esa final fue una bendición para el espectador. La Cibona se presentó con las notables bajas de Knego y Alexander Petrovic (huido a Italia). Era el equipo de Drazen Petrovic, Nakic, Cvjeticanin y Usic, lo que obligó al de Sibenik a multiplicarse y promediar 43 puntos en la liga yugoslava y 37 en competición europea (contra el Scavolini de su hermano Alexander llegó a encestar diez triples y 112 puntos contra el Olimpia Ljubljana esloveno).

En esa final se produce el famoso gesto de Sabonis, cruzando toda la pista para darle un manotazo a Nakic, que lo había llevado a la desesperación con su ruda y poco ortodoxa defensa. Al final, los 22 puntos de Drazen fueron claves para apuntarse el segundo título europeo consecutivo, con tangana incluida debido a las mofas de Petrovic con pases por la espalda y puños al aire.

En 1988 ficha por el Real Madrid, un año en el que la competición nacional es recordada como “la Liga de Petrovic”. Nada más llegar tuvo problemas en el vestuario (especialmente con Fernando Martín), ya que consideraba que debía erigirse en líder y única referencia del equipo. Gracias a Petrovic, el Madrid logra derrotar en la final de la Recopa a Snaidero de Caserta con una actuación antológica del croata, que se fue hasta los 62 puntos en el duelo personal que mantuvo con Oscar Schmidt Becerra (44 puntos).

La exhibición fue de tal envergadura que convenció a los directivos de Portland Trail Blazers para llevárselo a la NBA. Antes de emprender la fuga a los Estados Unidos, perdió la final de la ACB en unos trepidantes cinco partidos contra el Barça. En el quinto y definitivo fue expulsado por Neyro después de un escupitajo, y el Madrid acabó perdiendo con cuatro jugadores en la pista.

A nivel de selección, Yugoslavia empezaba a cimentar un dominio escandaloso. En el Eurobasket de 1989 presentan a la mejor selección FIBA de la historia. Liderados por Dusan Ivkovic incluía a jugadores como Dino Radja, Vlade Divac, Zarko Paspalj, Jiri Zdovc, Predrag Danilovic y un jovencísimo Toni Kukoc.

Intensidad, tiro exterior, rebote, personalidad, carisma… cada partido fue una continua exhibición, pasando por encima de cada uno de los rivales hasta acabar aplastando a Italia, en semifinales, y a Grecia en la final, a la que batieron por 21 puntos.

El hambre de gloria de Drazen y sus compañeros no se detuvo ahí. Un año después, se proclaman campeones del mundo en Argentina, con la baja de Radja pero con las incorporaciones de Savic, Perasovic y Obradovic. Después de dar buena cuenta de la URSS de Sabonis y de volver a apalizar a Grecia en la ronda preliminar, imparten una espléndida lección a la selección de USA, capitaneada por Alonzo Mourning y Kenny Miller.

En la final contra la URSS, un Drazen Petrovic muy centrado y menos egocéntrico de lo habitual, lideró a Yugoslavia al codiciado título mundial anotando 31 puntos.

Al acabar ese partido, se produjo un incidente que cambió el rumbo de un país en su vertiente deportiva. Un periodista, en su afán de entregar una bandera croata a Drazen Petrovic para celebrar la victoria, recibió un empujón de Vlade Divac, arrebatándole la bandera y arrojándole al suelo. Ese gesto condenó a Divac en Croacia y supuso el inicio de la ruptura de su amistad con Drazen Petrovic.

Fotos: abc y dalmacijanews.com