¡Disparen a Martino!

Las dos derrotas sufridas por el Barça en apenas cuatro días han hecho que parte de la prensa, aquella que ha ido tapando las vergüenzas de una horrorosa planificación deportiva desde hace ya tres años, desempolven los cañones para derribarlo todo. O, más concretamente, para disparar contra Gerardo Martino como si todo lo que está ocurriendo fuera exclusivamente culpa suya.

El Tata tiene parte de la responsabilidad en tanto que es el encargado de dirigir a la plantilla, de manejar y leer los partidos mientras se están disputando, de aplicar o no variantes tácticas o de algunas otras cosas, pero no es el culpable de lo que está viviendo el club. Su gestión de los minutos, alabada hasta el empalagamiento antes del parón navideño, se torna ahora un pecado de tamaña magnitud que hasta en las tertulias de bar se utiliza el “reparte los minutos con Excel” para recriminar su forma de actuar.

A su llegada, Martino se confesó admirador de estos futbolistas, afirmó que venía a mantener el espíritu y el modelo de un club y, en la medida de lo posible, a aportar su toque personal. La oportunidad de su vida para un técnico que, probablemente, jamás soñó en ocupar el banquillo del Camp Nou.

Sin embargo, nadie –llámese Martino, Guardiola, Helenio Herrera o Rinus Michels– puede convertir el agua en vino ni elaborar la más sabrosa de las paellas si el proveedor de ingredientes no le suministra el arroz. Y esa fue, ni más ni menos, la tarea que se le encomendó al técnico rosarino cuando llegó para sustituir a Tito Vilanova.

Martino se enfrentó a su llegada al colosal reto de intentar mantener el nivel de una plantilla sin contar con la complicidad de los de arriba, más centrados en dejar su huella en el club a base de patrimonio que en gestionar el éxito. Y la gestión del éxito, que uno ya no sabe si se enseña o no en las escuelas de negocio, depende de dos aspectos principales: tener muy clara y definida la estrategia (el modelo del club) y, sobre todo, de ser capaces de asumir riesgos para evitar que sea la inercia quien acabe dominando la institución. Y ahí es donde ha fracasado el Barça, en la asunción del riesgo. No Martino, sino el club.

Aun a fuerza de ser calificado de nostálgico, es vox populi que Pep ‘prendrem mal‘ Guardiola se fue al no verse capaz de sacudir una plantilla que lo había ganado todo. En la primavera de 2012, el de Santpedor se sintió vacío y decidió irse seguramente por una mezcla entre cansancio propio e indefinición ajena. El club, dirigido entonces por Sandro Rosell, pensó que podría sobrevivir sin él. Y pudo haberlo hecho sin problemas si la dirigencia institucional y deportiva hubiese trabajado en lugar de mirarse el ombligo.

Año tras año, el equipo ha ido debilitándose sin que nadie haya puesto remedio a la caída libre. Los nombres que sonaban siempre para reforzar la defensa parecían sacados del archivo de la portera de Núñez, pero siempre se decía desde el club que había varias opciones para reforzar cada puesto. Debía haberlos, pero jamás legó ninguno, seguramente porque para quienes mandaban era más importante reducir gastos que eliminaran la necesidad de avalar un 15% del presupuesto anual que agitar un vestuario cada vez más acomodado en unas posiciones y más huérfano en otras.

Y así, de golpe, llegamos al punto en que una liga de 100 puntos pesa más que una humillación por 7-0 en la Champions League. Un varapalo de tal magnitud que sería capaz de resucitar a un muerto no pudo despertar a una directiva y a un director deportivo que prefirieron gastar en Neymar lo que no quisieron invertir en la imprescindible, desde hace ya dos años largos, remodelación del equipo.

Hoy es preciso hacer algo más que fichar –si FIFA lo permite, que esa es otra– para reconstruir al equipo. Eliminado ya el aval y embarcados con el beneplácito de los socios en un megaproyecto de estadio que volverá a cargar la mochila de la deuda, el Barça necesita renacer deportivamente, limpiar una imagen labrada durante años a base de fútbol y trabajo y dañada en apenas un suspiro por los hijos de las escuelas de negocio que contemplan la institución como una máquina de hacer dinero, olvidando que es, sobre todo, un club de fútbol.

Ahora, las páginas de los diarios vienen llenas de la necesidad de hacer ‘foc nou‘, de derribarlo todo y de señalar a Gerardo Martino como causa de todos los males. Algunos, más osados, incluso apuntan –con razón– a Zubizarreta, pero evitan disparar por elevación a quienes a causa de su inacción han permitido que lleguemos a vivir esta dramática desintegración del que fue calificado por el mundo del fútbol, hace sólo tres años, como el mejor equipo de la historia. Y los responsable son quienes tienen el poder de decidir y prefieren vender hologramas de estadios con la aquiescencia de una masa social a la que, a día de hoy, pareciera que sólo le importa no mojarse en el Camp Nou.

El Barça tendrá el miércoles la última oportunidad de hacerse con la Copa del Rey, un título que no hace mucho era calificado como ‘chupito‘ cuando la ganaba el Real Madrid mientras el club azulgrana triunfaba en Wembley ofreciendo una lección magistral de fútbol. Aquellos columnistas del ‘chupito‘ abandonan el barco sin el más mínimo atisbo de vergüenza y atizando a quien seguramente menos lo merece, escudo del presidente actual y del huido como lo fue Valdano de Florentino Pérez, enemigo íntimo de la directiva azulgrana.

Cuando en tres días Gerardo Martino alce al cielo de Mestalla el título de Copa, lo hará a pesar de todo: de muchos de sus jugadores, de un Zubizarreta que ha demostrado una y otra vez su incapacidad y de una directiva que pasará a la historia por poner en marcha la remodelación del Camp Nou, pero también por demoler un equipo a base de estrategias dignas de los oscuros años 80.

A final de curso, es más que probable que el Tata se vuelva a Argentina. Y llegará un día, quién sabe si dentro de unos años, en que debamos agradecerle algunas cosas. Seguramente no serán los títulos que esperábamos, pero sí que haya sido capaz de recibir en su culo las patadas que debieron dirigirse a quien sienta el suyo en la poltrona de Arístides Maillol.

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