Carroñeros

Hacía varios años que las últimas semanas de temporada se dedicaban a hablar de fútbol y de las opciones del Barça por llevarse algún título. Parecían olvidados aquellos tiempos en que, ya desde la Semana Santa, comenzaban a poblarse los diarios deportivos con nombres de altas y bajas de jugadores y entrenadores.

Hoy, el panorama ha cambiado. Como si de Marty McFly se tratara, todo lo que rodea al club ha regresado al pasado y, lo que es peor, no presenta síntomas de querer volver a mirar hacia el futuro, más allá de un proyecto de remodelación del Camp Nou tan caro como indefinido.

Vivimos hoy una época de decadencia tan anunciada como irremediable, un tiempo en el que la parte más poderosa del entorno, arrinconada durante algún tiempo, ha decidido pasar a la acción y cobrarse las deudas pendientes con quienes la habían relegado al ostracismo. Como leones hambrientos. Como hienas carroñeras en forma de plumas y teclados sedientos de sangre.

¿Pero qué podemos esperar de quienes critican las opiniones de Cruyff con la misma desvergüenza con que alaban y ensalzan las de Beckenbauer? ¿Qué tipo de mesura queremos leer de quienes aprovechan una y otra vez la muerte de alguien para descalificar a otra persona? ¿Sorprende que columnistas que enarbolaban la bandera del estilo cuando el equipo ganaba hoy decidan derribarlo porque el eterno rival ha eliminado al entrenador que llevó al Barça a la cima?

No sé si aquella famosa frase de un Laporta emboscado –“algunos dicen que son del Barça porque si no no los leería nadie”– será o no cierta, pero lo que sí es una verdad irrefutable que el Barça agrupa tantos intereses a su alrededor que observar casi cinco años de ostracismo se hace duro para algunos.

La abstinencia es –casi– siempre voluntaria y sólo los monjes y monjas de clausura la llevan –casi– siempre con dignidad. Quienes no llegan a monaguillos, aquellos que disparan con bombas de fragmentación sin importarles a quién hieren y a quién se llevarán por delante, lo hacen en nombre de la dignidad del místico cuando no son más que pajilleros de agradecido estómago, vendedores de motos y cubiertos que claman desde su púlpito por un mundo cada vez más repugnante y menos deportivo.

Una muerte y un partido perdido han despertado a las alimañas. Ahora sólo queda esperar que regrese el tiempo en que vuelvan a su letargo.

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