barcelona

Me siento como William Munny, aquel legendario pistolero del Oeste que, retirado hace años de sus fechorías, regresa para un último trabajo. Mi pluma está oxidada, sin pólvora, así que ruego a los asiduos a esta página que disculpen la mediocre prosa que a continuación encontrarán.

Debo contarles que de mi memoria se desvaneció hace un buen tiempo el último recuerdo de un partido sublime del Barça. Incluso el de un buen partido. Desde entonces, y son casi dos años ya, lo único que le he visto al equipo son las miserables actuaciones de un conjunto de exfutbolistas penando por el terreno de juego, arrastrando su honor hasta su despojo sobre el maltratado césped.

Pensaba que había olvidado estas penas y frustraciones cuando la inmisericorde debacle de la selección española me revivió la dolorosa pero lenta hemorragia que sufrió el Barcelona en los últimos años. Hemorragia, debo decir, que fue visible a todo el mundo, pero nadie hizo nada para atajarla.

Me desenamoré del Barça. Deje de quererlo. Y no porque dejase de ganar avasallantemente como lo hizo. Ni tampoco por sus jugadores, a quienes no se les puede culpar por perder el hambre de la victoria, de la gloria, sino es una entendible falta de grandeza proporcional al no haber tenido a nadie que los supiera motivar después de ganarlo todo y más.

Mi desencanto con el Barça fue por cuenta de sus socios, porque son ellos los que coronaron como presidente al más grande cretino que jamás haya existido en la historia culé: Sandro Rosell, el mayor culpable del descalabro de un sueño que debió haber durado un par de años más. Son esos socios los que depositaron su voto por él por la sencilla razón de que trajo a Ronaldinho al Camp Nou. Ese detestable socio, pese a los abusos de Rosell, se convirtió con su silencio en cómplice del asesinato del mejor Barça que hayamos presenciado.

Quisiera volver a creer, pero veo a una afición anestesiada, inoperante, incapaz de remecer los cimientos más profundos del Camp Nou para generar el cambio que necesita el club. El modelo Barça caducó e impera una revolución que no está en manos de Luis Enrique ejecutar. En un mes comienza un largo camino para volver a asemejarnos a lo que algún día llegamos a ser.

Diego Santos es periodista de El Tiempo de Bogotá.