Desde siempre, con valores

Es común y también lo era, atacar directamente la etapa de la adolescencia. En el marco deportivo he tenido la oportunidad de entrenar a jóvenes que intentan pasar un buen rato jugando al fútbol, y os puedo asegurar que lo único que quieren es pasarlo bien. Cierto es que les gusta competir y ganar, faltaría más, pero lo que me cuesta entender es por qué muchos padres también compiten. Entiendo que quien compite es el joven, mientras el padre, que pasa a ser un mero espectador, tiene una función muy importante: acompañar a su hijo a que haga deporte, disfrutar viéndolo jugar y volver a acompañarlo a casa. A lo sumo, su papel es preguntarle si ha disfrutado con el partido, si se ha hecho daño en aquella jugada concreta y animarlo a seguir entrenando y pasarlo bien. Hasta ahora parece una tarea fácil y seguro que muchos entienden que lo hacen así. Ahora viene cuando dinamitamos la gran mañana del fin de semana, cuando se le da fuerza e importancia a los laberínticos comentarios post-partido, donde se critica a los árbitros, a los entrenadores, a los propios compañeros, a los contrarios… Aquí recibe hasta el alcalde que seguro que está tan tranquilo en su casa con su mujer, su hijo y su perro.

Y es que es muy fácil perderse en tamaño mar de palabras que solo conduce a la confusión. ¿No creéis que estas personitas ya tienen suficiente confusión? Su presente se encuentra en una vorágine de cambios físicos y psicológicos, son personas que se preguntan casi cada día quiénes y qué quieren ser, que observan atónitos sus propios cambios fisiológicos intentando disimular aquello que no les gusta y que se martirizan porque creen que debería ser de otra forma o manera. Son adolescentes que se comparan a diario con el amigo, con el compañero de clase y con las imágenes marquetinianas de ídolos futbolísticos perfectos que en realidad no lo son, pero que lo venden así y regalan de esta forma a estos jóvenes un futuro lleno de frustración disfrazándolo bajo una bonita sonrisa.

Para colmo, nos atrevemos a decir que los adolescentes son muy complicados, que son incluso insoportables. Claro, es normal que lo pensemos así cuando no vemos sus dificultades sino las nuestras. Los valores se transmiten, los transmitimos nosotros, vienen transmitiéndose de generación en generación y esto es tan importante como saber que nuestros hijos adolescentes adquieren los valores que nosotros transmitimos- No son ellos quienes tienen que crear valores, no son ellos quien deben saber comportarse; ellos son esponjas que aprenden lo que ven.

Dice Eva Bach, una manresana dedicada al ámbito de la educación, pedagoga, formadora y fantástica escritora, en su precioso libro “Adolescentes, que maravilla”:

Se escucha por ahí que ‘los adolescentes de hoy son peores de lo que fuimos, nosotros teníamos otros valores’. En tal caso, tendríamos que plantearnos entonces qué es lo que hemos o estamos haciendo nosotros para que sea así, ¿verdad?. Lo primero sin lo segundo es trampa.

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