Dani Alves y el temperamento que le hizo grande

Dani Alves es un tipo singular, alguien incapaz de dejar indiferente a nadie. Seguramente por eso juega como juega, corre como corre y rinde como rinde. Se le podrá decir –quien firma esto, sin ir más lejos, lo hizo– que su rendimiento en las últimas dos temporadas ha dejado bastante que desear, pero a poco que uno lo piense, ¿qué jugador no lo hizo en es período?

Más allá de sus extravagantes formas de vestir y de la total ausencia de pelos en su lengua, cuentan que Dani Alves es un profesional serio, un tipo que se deja la piel en cada entrenamiento y que siempre ha tenido claro que para llegar donde ha llegado y viniendo de donde venía, el trabajo era su única herramienta. No somos testigos –nadie más allá del vestuario lo es– porque hace años que no podemos ver las sesiones de preparación del equipo, pero no seré yo quien dude de esa afirmación.

Una vez situado el personaje y dejando de lado el modo en que ha disparado a algunos medios de comunicación, Alves tiene razón en una cosa: no contaban con él hasta que llegó al club la imposibilidad de fichar. Ignoro si la propuesta del club es generosa o rácana, y desconozco también cuáles son las pretensiones del lateral brasileño, pero cada vez –y esto es una sensación personal– tengo más claro que el heredero del dorsal de Abidal quería, quiere aún, quedarse en el Barça.

Alves ha afirmado hoy que la intención del Barça era no renovar su contrato y que sólo la llegada de la sanción de FIFA cambió el criterio de la institución. Es evidente que la carrera de Dani Alves ha enfilado ya la curva descendente, pero a sus 32 años la diferencia con sus sustitutos es inmensa. Montoya no cuenta y la presencia de Douglas en el equipo ha sido tal chiste que incluso Adriano ha pasado por delante a la hora de suplir al lateral titular.

El club planificó mal el relevo y ahora se encuentra con una patata caliente que va a costar digerir. Alves ha descartado por el momento su continuidad y ha pillado los responsables de reemplazarle con los pantalones a la altura de los tobillos, y al presidente con la primera mancha en su particular campaña electoral, en marcha desde hace muchas semanas.

Habrá quien aluda a la inoportunidad de sus palabras, que llegan a cinco días de una final y a apenas quince de otra. Es posible que no haya sido el momento, pero permítanme que ponga en duda que sus declaraciones de hoy afecten al rendimiento del equipo o al del propio Alves. Y permítanme, también, ir más allá diciendo que quien lo crea es que no conoce al brasileño. Él, el hombre de las americanas brillantes, las gafas sin graduar y los llamativos sombreros, lo tiene claro: “con el equipo estoy al 200% y con el club al 10%”.

El tiempo ha demostrado que en esto del fútbol no hay nadie, o casi nadie, imprescindible. Alves llegó a Barcelona, hizo barata la inversión del club en su fichaje, participó en la conquista de casi una veintena de títulos y, como ocurre con todos los futbolistas, acabará yéndose. Pero será siempre uno de esos nombres que, como Samuel Eto’o o Hristo Stoichkov, dejarán huella por lo que dieron y por lo que fueron. Dani Alves es vehemente, es transparente y es temperamento. Y ha sido ese temperamento que muchos criticarán hoy el que le ha hecho ser grande.

Foto: FC Barcelona

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