Cultura culé

Cuando pasen unos cuantos partidos –iba a decir 30 o 40 años, pero ya se sabe que en fútbol todo es muy efímero–, algún avezado historiador escarbará en las cenizas del Carrer d’Arístides Maillol y encontrará vestigios de una civilización futbolística que, fundada por el que se dio en llamar “Més que un club“, marcó una época dorada.

Sabrá identificarla por sus rasgos fácilmente reconocibles en toda cultura canterana: escuelas, campos de fútbol y retratos de ídolos anteriores que susurraban los secretos del fútbol base. Y todo enterrado en las ruinas de algo que un día se llamó La Masía, y que vino a ser la más renombrada universidad futbolística de su tiempo. En la nubeteca erigida en su honor, le será imposible visionar de una tacada y en tiempo récord, como probablemente permitirá la tecnología, los cientos de partidos brillantes que jalonaron ese periplo.

Vengo manteniendo un bonito debate con mis colegas acerca de cuál debe ser el rumbo a tomar en cuanto a la base estructural del primer equipo. Defienden que la cantera no ha de seguir siendo la base sobre la que se asiente, algo en lo que discrepo abiertamente. Seguir la pista del dinero sólo nos conduce a un fútbol cada vez más deficitario, mucho más condicionado por los contratos, más irrespetuoso con el socio y que corre el peligro añadido de que siempre hay alguien que tiene más dinero que tú para gastar, lo que obliga a peligrosas piruetas financieras.

Un club que tiene una sólida cultura de fútbol base siempre puede nutrirse de las tres o cuatro “perlas” y completar el equipo con los pocos fichajes que sean necesarios. Unas veces será mayor la cosecha y otra menor, pero qué duda cabe que los canteranos aportan un valor añadido no sólo a la identidad del equipo, sino también a la del club. Sólo es necesario el atrevimiento. Un atrevimiento probablemente menor que el de traer al Vermaelen o al Douglas de turno.

Por contra, sabemos que hay un gran club que tiene más Champions que nadie y más medios que nadie cantando sus alabanzas. Y sin embargo, con ese palmarés, ¿cómo es que llevan años y años tratando de emular el fútbol de asociación de su enconado rival? ¿Cómo es que desprestigian el legado de sus viejas glorias y se obstinan en hacer comparaciones irrisorias? La respuesta es fácil: tienen los trofeos, pero envidian el fútbol. Tienen el servilismo, pero codician el espectáculo. No hay más que oír las tertulias para darse cuenta del galimatías que surge cuando los resultados no acompañan.

Igual ocurre con otros clubes que se quieren forjar un historia por la vía jequil: ¿cómo han llegado a pensar que la cultura se compra cuando, en realidad, la cultura se adquiere? ¿qué puede esperar a un jugador estrella que aterriza en un club y, de pronto, se ve rodeado de semejantes con el mismo semblante de jugador impersonal y transferible?

La cultura, el estilo, es la memoria identitaria que aparece en los momentos de desesperación. Es lo que impide a un jugador tirarse flagrantemente en el área al más mínimo empujón para sacar tajada. Es lo que hace más fuertes a los componentes de un equipo ante adversidades como una plaga de lesiones de “cruzados”. Es lo que permite a un club serio sobrevivir a cualquier desmán de una junta directiva u otra. Y en nuestro caso, la cultura culé es lo que me ha permitido disfrutar del mejor fútbol nunca visto, sin necesidad de acudir a hilarantes y oportunistas encuestas más propias de buzoneo de vecindario.

Es cierto que la perversión ha llegado a cotas nunca vistas y el fútbol no es ajeno a ello. Es verdad que la manipulación resulta de todo punto insoportable. Así que, precísamente para combatirlas, déjenme empaparme de esa cultura y, por favor, respeten a quienes la han hecho posible sin vilipendiarles de forma inmisericorde.

Gloria a los héroes culés que nos dejaron, siguen dejando y dejarán, esa sabiduría. Esa cultura culé.

Foto: L’Equipe Magazine.

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