Cuando el gato no está, los ratones bailan

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El origen de esta cuesta abajo —quién sabe si sin frenos— por la que se precipita el mejor equipo del siglo XXI está en la desidia y la autocomplacencia, sí, pero no de los jugadores, sino de la junta directiva. Cuando diriges un transatlántico como el Barça y estás más pendiente de la decoración de los camarotes o de tu negocio de reventa de pasajes que de la navegación, cualquier iceberg te manda al fondo del mar.

La plantilla actual del Barça está poblada de jugadores de talento mundial, campeones de todo con su club y con su selección, con sus buenas cuentas bancarias, sus estupendas familias y unos entornos agradables que se desviven por ellos. Es imposible pretender que sigan peleando como lo hacían, que encuentren la motivación por sí mismos. A fin de cuentas, estamos hablando de jóvenes que no llegan a la treintena en muchos casos. Dejarse ir cuando tus objetivos vitales están más que logrados es de lo más humano. Y ahí es donde entra la figura del entrenador.

Pep Guardiola lo tuvo fácil. Como lo oyen. A su infinita capacidad de trabajo y conocimiento del club se le unía un vestuario que había saboreado brevemente las mieles del éxito con Rijkaard y al que le quedaban ganas de afrontar más retos. Algunos de ellos incluso eran flamantes campeones de la Eurocopa de Selecciones. En aquella amalgama de talento, hambre y dedicación por el trabajo, la motivación que Pep inculcó a aquel grupo encontró terreno abonado. Luego, tras el triplete, el sextete, algún revés, la vuelta a la gloria en Wembley y todas las tortas con Mou, el ciclo de Guardiola terminó y empezó el de Tito.

Vilanova sabía perfectamente de qué pie cojeaba cada uno en el Barça 2012-2013. Con otro estilo de entrenamientos y de puesta en marcha sobre el terreno de juego, pero con la misma filosofía, su equipo arrasó en la primera parte de la Liga e hizo doblar la rodilla al Madrid de Mourinho en Navidad. Y llegó la enfermedad. Tras el desconcierto inicial, los ratones blaugranas se dieron cuenta de que por primera vez desde julio de 2008, el gato ya no estaba. Eso no solo afectó a los entrenamientos sino a la propia forma de vida que algunos jugadores llevaban. Solo la ventaja acumulada anteriormente les permitió alzarse con el título liguero, dejando muchísimo que desear en las competiciones al KO (Real Madrid y Bayern les pasaron por encima en Copa y Champions, respectivamente). Dicen las malas lenguas que Roura oía risitas a sus espaldas en muchos entrenamientos. El lamentable estado físico de la plantilla a finales de temporada no invita a pensar en nada bueno.

La junta directiva y el máximo responsable deportivo del club, Andoni Zubizarreta, no pudieron o no quisieron ver qué es lo que había sucedido. Simplemente enarbolaron la bandera de «La Liga de los Récords» con el pecho henchido de orgullo e hicieron caso omiso del ruido de música demasiada alta que procedía del apartamento de los ratones. El baile continuaba y había guateque para rato. Los mandamases pensaron que, montados en un ciclo ganador que se seguía prolongando, tendrían tiempo suficiente para seguir con sus opacos trapicheos en asuntos como el fichaje de Neymar, los negocios con Qatar, el misterio de las entradas con Viagogo y la faraónica obra de reconstrucción del Camp Nou, lo que pretenden sea su mayor legado.

La renuncia de Vilanova por motivos de salud pilló en fuera de juego a Rosell y Zubizarreta… por un segundo. En una rápida y poco meditada decisión se contrata a Gerardo Martino, un entrenador que no es precisamente un don nadie en esto del fútbol, pero que se demuestra que no era el tipo de capitán que necesitaba este barco. Unos campeones de todo al borde de la caída libre no pueden tener delante a alguien a quien no respetan. Algunos jugadores han llegado a calificar de trasnochados los métodos de entrenamiento físico del equipo de Martino, y el despiporre es mayor cuando se ha permitido que el cuerpo técnico sea doble, con Roura, Altimira o un recién fichado Rubi llevando conos de aquí para allá por el césped sin saber qué quería el Tata de ellos… si es que quería algo. Una vez más, los ratones han podido proseguir su baile sin temer fauces de nadie. Y la directiva, a sus espais, sus teorías de la conspiración por parte de socios, sus denuncias por fraude…

La mano firme que siempre necesitan unos jóvenes endiosados ha brillado por su ausencia. Mientras duraba la inercia, problemas como el de los centrales, el mal encaje de Neymar, la marcha de Valdés o el envejecimiento de la columna vertebral eran tapados por los resultados al tiempo que el perplejo entrenador notaba el cainismo de la prensa, la desconfianza del vestuario y el pasotismo de la junta directiva. El Tata, al que ahora se acusa de todos los males, no tiene más culpa que la de no haber conseguido que Rosell y Bartomeu le invistieran de la autoridad suficiente delante del grupo. Cosas que pasan cuando pones a un San Bernardo a cuidar de un grupo de ratones.

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