Cruyff, un hombre libre

En un parque de Barcelona, un niño de alrededor de ocho años miraba atónito a un perro callejero mientras el animal se lamía los huevos. ¿Por qué lo hace, abuelo?, preguntó el chaval absorto en la escena de autohigiene (!) canina. La respuesta del anciano, lejos de buscar una excusa políticamente correcta o una justificación basada en la ciencia, fue directa y clara: “Porque puede”.

Cuando la junta de Sandro Rosell decidió en una de sus primeras reuniones suprimir la condición de Presidente de Honor del FC Barcelona de Johan Cruyff demostró, entre otras cosas y además de poco tacto, un desconocimiento palmario sobre lo que significaba el holandés para el mundo del fútbol. La imagen de Cruyff acudiendo a las oficinas del club para devolver la insignia hizo mucho más daño a la entidad de lo que los recién llegados directivos pensaron nunca.

Si Cruyff no viene al Camp Nou tendremos un asiento libre más”, dijo Rosell con la arrogancia del mediocre en una entrevista pocos días después. Dos años antes, el ahora presidente Bartomeu había afirmado sin tapujos que “votar sí a la moción de censura (contra Laporta) era votar no a Cruyff”. Hasta ahí llegaba la incultura, la estrechez de miras y la ceguera de quienes, aupados por una mayoría de socios, rigieron el club a partir del verano de 2010. Como si el Barça, el Ajax o el Escalerillas FC pudieran permitirse renegar de un tipo que fue mucho mucho más que un enorme jugador y un entrenador innovador. Ebrios de poder y con el mayor juguete de Catalunya en sus manos, ¿quién era Cruyff para entorpecer sus planes?

¿Que quién era Cruyff? En pocas palabras, un espíritu libre durante toda su vida. Lo fue al elegir al Barça cuando el presidente del Ajax quería traspasarlo al Real Madrid. Y lo fue también cuando declinó acudir al Mundial de Argentina o al eliminar sin que nadie osara discutirle una de las tres franjas del patrocinador de la selección oranje porque no coincidía con el suyo. Curtido en las calles de Amsterdam y consciente de sus limitaciones físicas, Johan Cruyff aprendió a anticiparse a las embestidas de la vida y de los defensas recurriendo al instinto, a su talento y a su inteligencia. Así aprendió que tomando la iniciativa es como se consigue ser uno mismo. Ser, en el buen sentido de la palabra, libre. Fueron muchos los ejemplos que ilustran esa filosofía tan propia y envidiable, algunos de los cuales se han podido leer en un buen rosario de magníficos artículos que han aparecido en la prensa estos días.

Este país, como todos los mediterráneos, tiene una arraigada tradición de culto a la muerte. La pérdida de alguien nos hace reflexionar –con un cierto artificio, para qué negarlo– al mismo tiempo que sale de nuestra boca tópico tras tópico. Somos dados a, afligidos tras la pérdida, rendir todos los homenajes que no fuimos capaces de realizar en vida, que es cuando deben hacerse los reconocimientos. Ya saben: todo el mundo es bueno y no somos nadie. Construir una estatua, bautizar con su nombre del estadio, retirar del dorsal 14… Todo son ahora sentidas propuestas de homenaje para el hombre que transformó la mentalidad de generaciones de barcelonistas, para el tipo que situó al Barça en el escalafón de equipos ganadores desterrando, esperemos que para siempre, el victimismo acomplejado que durante años inculcó un establishment que le menospreció decenas de veces más de las que somos capaces de recordar y, sobre todo, muchas más de las que ahora está dispuesto a reconocer.

Rosell tenía razón: el palco del Camp Nou tiene ya para siempre un asiento libre más a disposición de un mediocre cualquiera. Cruyff no volverá a sentarse allí, pero ocupará entre muchos culés la butaca reservada a esos pocos elegidos que fueron capaces de construir algo, de dejar un legado que permanecerá siempre. Porque, haciendo gala de la misma libertad que el perro del parque, Johan –con sus defectos y virtudes– pudo ser como quiso. Ese fue su gran mérito, el que le permitió cavar los cimientos sobre los que edificó su leyenda.

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