Crecidos en el caos

El otro día, viendo el duelo entre el Barça y el Atlético de Madrid, no pude evitar acordarme del Clásico de noviembre de 2010. Sí, el del 5-0. No lo hacía con afán masoquista ni nostálgico, uno tiene que asumir, con más resignación o menos, que el tiempo pasa y se lleva diezmos de aquí y de allá por delante. No fue el juego del Barcelona lo que me lo recordó, ya que para establecer comparaciones entre esos y estos habría que hilar muy fino, sino la respuesta al caos. En aquel partido mágico de noviembre, el equipo entonces de Guardiola controló perfectamente el partido hasta que una acción rompió el hechizo. Fue aquel famoso saque de banda que tampoco puede llamarse tal, en el que Pep evitó dar el balón a Cristiano, este lo empujó y se armó una tangana mayúscula que entregó el tramo final de la primera parte al Madrid y que pudo haber dado al traste con uno de los encuentros paradigmáticos de la era Guardiola.

Con los años cada vez me ha ido sorprendiendo más esa acción de Pep. Son partidos de mucha tensión y ese especialmente venía envuelto de circunstancias que lo hacían aún más especial, como era el regreso de José Mourinho al Camp Nou después de lograr la machada con el Inter unos meses atrás. Sin embargo, los jugadores del Barça respondieron perfectamente y fue Guardiola el que, con ese gesto impropio de él, metió a un Madrid muerto en el partido. Interrumpió el concierto y propició el entorno perfecto para un rival que nadaba en una anarquía bien estudiada, cuyo objetivo primordial era impedir la solidificación de las estructuras culés sobre el campo. Empequeñecer el triángulo a base de tambor.

El domingo pasado pasó algo similar. En un lance de juego, Busquets acabó en el suelo tras recibir un golpe de Mario Mandžukić. Nada espectacular, por otro lado. El croata fue a buscar inmediatamente a Sergio y a recitarle un par de versos y el de Badía se revolvió como poseído, levantándose al instante y respondiendo al colchonero con prosa de cosecha propia. Más jugadores se acercaron y el partido se paró durante unos minutos en los que parecía que era Busquets el que más ganas tenía de continuar aquella trifulca, deshaciéndose de compañeros propios y contrarios mientras el árbitro pensaba en la de cosas que tendría por hacer al llegar a casa. Minutos después de aquello, el Barça puso el 2-0 en el marcador en una gran jugada de Messi que remachaba Suárez.

Al Barcelona le gustaba lo que estaba pasando en el campo, no podía quitarme esa idea de la cabeza. Tampoco cuando Neymar, ya en la segunda parte, intentaba humillar a los defensas en cada acción, recibía una patada, se apagaba el fuego de la espalda a base de rodar en el césped y al minuto sonreía con malicia. Y lo hacía a los jugadores del Atlético, acostumbrados a ese tipo de juego más que el propio Barça, a ganar las pequeñas batallas en cada lugar del campo para acabar plantando la bandera en lo más alto al final de los noventa minutos. El equipo de Simeone pareció desconcertado gran parte del partido, como si no supiese dónde se había metido aquel equipo contra el que jugaron seis veces la temporada pasada, aquel conjunto que aborrecía el desorden y que sin él no pudo ganar en ninguna de esas seis ocasiones a la estructura defensiva más bien ordenada de Europa.

Resulta curioso que el conjunto culé realizara el mejor partido de la temporada en el que quizá fue el más físico de todos ellos, en la misma semana en la que Messi se iba a ir, luego se quedaba pero a cambio de la cabeza de Luis Enrique, después Bartomeu convocaba elecciones a pesar de asegurar que todo estaba bien y en la que se llegó a insinuar que ni el desenlace del encuentro podría salvar al técnico asturiano de la destitución. O incluso que dimitiría.

El Barça parece haberse entregado al caos. Y se gusta.

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