Creadores de realidades

Me resulta imposible recordar el último partido entre Barça y Real Madrid en el que no se hablara del árbitro antes, durante y, sobre todo, después del choque. Quizás habría que remontarse al humillante 4-1 del último año de Rijkaard como entrenador culé, cuando la coyuntura de ambos equipos era la idónea para dejar tranquilos a los jueces; unos eran ya campeones y los otros se desmoronaban.

Aunque no dispare a puerta ni pite penaltis, este circo del fútbol tiene en los medios de comunicación un actor fundamental. Indispensable, diría. En el momento que el periodismo se convirtió en un negocio o, mejor dicho, cuando los propietarios de los medios se dieron cuenta que lo que manda es vender sin importar el modo, decidieron tomar las riendas de esto del fútbol.

Hoy en día, los medios tienen un poder inmenso sobre el fútbol porque poseen un ascendente mayúsculo sobre el público. Crean debates, dirigen las polémicas, obvian aquellas cosas que puedan estropear un razonamiento, crean campañas conspiranoicas, rebuscan hasta el último frame de una imagen televisiva para -leyendo los labios- anunciar que “tienen toda la polémica”. Y el público les cree o, al menos, compra sus argumentos como hechos irrefutables.

Ayer, Undiano Mallenco dejó de señalar un penalty en cada área y perdonó alguna que otra tarjeta amarilla. Hoy, cualquiera que no haya visto ni oído nada del clásico y se fije en las tapas de los diarios de Madrid y Barcelona, pensará que hablan de dos partidos diferentes. Y no, no es así. Ocurre simplemente que las portadas -y en algunos casos, también las crónicas- son el reflejo de un juego de intereses en el que el business manda más que la información.

Decía Gay Talese en una entrevista reciente que el periodismo más puro es el de deportes. Probablemente, había pasado poco por Madrid y Barcelona.

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