¿Correr es de cobardes?

Desde fuera del terreno de juego todo se percibe diferente. El aficionado, los padres, los compañeros e incluso el entrenador, miran y después interpretan. Este acto es natural y está asociado con las expectativas propias previas al partido, pero también con las que se van generando en el transcurso del mismo. Cuando esto ocurre en un encuentro donde juegan profesionales todo parece lícito y bienvenido, pues ellos saben perfectamente cómo manejarse emocionalmente. Están preparados para admitir críticas, están entrenados para jugar y para exponerse al público. Entonces no hay problema, todo está bien.

La dificultad llega cuando quienes juegan el partido son niños. Éstos no saben manejarse con tantas expectativas puestas en ellos, carecen tanto de la información necesaria como de la capacidad para filtrarlas y gestionarlas, y actúan entonces bajo una responsabilidad que en ningún caso les pertenece.

Los niños generan expectativas, por supuesto, pero las que ellos mismos crean son más que suficientes. Las que llegan desde fuera acostumbran a ser demasiada carga. Una carga que los críos llevan con dignidad, pero una carga al fin y al cabo.

Decía un famoso futbolista que correr es de cobardes. Reflexiono acerca de la metáfora utilizada sobre la carga y me viene la imagen de un niño jugando con una mochila llena de piedras e, inmediatamente después, la de un niño sin mochila. Entonces veo a ese niño correr más y más rápido; entonces me doy cuenta que ese correr no es de cobardes.

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