Confidencialidad y transparencia

Cuando enarbolas la bandera de la transparencia al 1000 por 100, actuar como lo hizo ayer la junta directiva del Barça ante las preguntas acerca de la información publicada ayer por el diario El Mundo resulta, como mínimo, curioso.

En la rueda de prensa en la que se anunciaba el plan de reforma del Camp Nou, Rosell se limitó a reiterar que “Neymar ha costado 57’1 millones de euros y punto” y, haciendo una declaración a medio camino entre la Infanta Cristina –que declarará voluntariamente cuando estaba obligada a hacerlo– y Joan Gaspart y su “por caridad humana”, lanzó un brindis al sol y solicitó al juez Ruz que admitiera a trámite la demanda presentada por el socio Jordi Cases para poder explicarle los detalles de la operación.

Y ya vale, ¡eh!

Porque a partir de ahí, cualquier otra pregunta relacionada con el asunto del fichaje del brasileño era despachada por Toni Freixa, el vocero del club convertido por arte de magia en portero de discoteca que ejerce como le sale del forro de sus caprichos –que diría José María García– el derecho de admisión, con un “siguiente pregunta”.

Y dale que te pego.

Esa fue la frase que se oyó a través de esos micros indiscretos cuando desde la zona de los periodistas, alguien osó preguntar de nuevo por el asunto Neymar. “Siguiente pregunta”. And so on, como dicen los ingleses.

¡Joder!

Sí, también se coló esa palabra ante otra nueva vuelta de rosca de la canallesca sobre el tema Neymar. “Siguiente pregunta”.

Y así fue como en apenas quince minutos, la transparencia se convirtió en opacidad, en un muro infranqueable, en la defensa del Granada de los años 70. Nada, no hubo manera de que los socios del Barça, medio inquietos por la información de marras y medio incrédulos por su autor, sintieran que el presidente de su club aclaraba algo.

No lo hizo. Y debió hacerlo. Rosell tenía la oportunidad de responder de una forma clara y corregir el oscurantismo que ha llevado a un socio a optar por la vía judicial para intentar aclarar de una vez dónde ha ido el dinero del traspaso y cuánto ha sido el montante total, pero la desperdició. Si el club insiste en sostener que Neymar costó 57’1 millones de euros y El Mundo afirma que fueron 95, la única vía posible es explicar a los socios –con frecuencia olvidados dueños del club– que su versión es la correcta y, de forma inmediata, emprender acciones legales contra lo que deben considerar una falsedad del periódico madrileño.

Porque aunque la declaración ante el juez Ruz pueda darle la posibilidad de romper con la famosa cláusula de confidencialidad, Rosell debería tener claro que ante quien tiene que dar explicaciones es ante los socios, que son quienes, a través de sus votos, le han sentado en la poltrona. De lo contrario, nos encontraremos con la triste realidad actual, en la que un socio ha tenido que acudir a un juzgado para intentar que se dé la transparencia con la que se llena la boca el club, mientras el presidente lanza un órdago público con ese “que acepte a trámite la demanda”. Veremos, por otra parte, si esa declamación teatral se plasma en un documento oficial presentado en el juzgado de instrucción de la Audiencia Nacional solicitando esa aceptación. Que del dicho al hecho…

Y luego está el asunto de la comunicación. Luego o antes, porque ahí radica el meollo de todo. Hace unas semanas, el club se cargaba el tercer director de área para nombrar a Albert Montagut, cuya primera crisis seria debe haber sido, precisamente, la de aleccionar a los directivos para que capearan el temporal de hoy. La solución, no comunicar. No responder a las preguntas y aclaraciones de la prensa y permitir que Freixa ignorara con un vergonzoso desdén y su “siguiente pregunta” las cuestiones planteadas por los periodistas.

Seguramente hoy mismo podamos leer columnas que justifiquen la parquedad en palabras de la junta sobre este asunto. E incluso habrá algún artículo que disculpe la falta de educación de Toni Freixa o las palabras de Rosell indicando qué puede preguntarse y qué no porque, como decía el torero, “hay gente pa tó” y la dignidad propia a veces se valora poco. Pero que ello no nos impida ver que el Barça de Rosell se ha convertido en el club donde la transparencia es un uniforme oficial hecho jirones por obra y gracia de la confidencialidad, en un club cuyo director de comunicación trabaja para que nadie comunique nada y en el que los socios viven en la más absoluta inopia informativa.

El Barça es hoy el club del “Y ya vale, ¡eh!“. El club de la paradoja.

Foto: efe

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