Con talento o sin él, la bola entrará

Aquel tímido y pecoso niño se levantaba, cada fin de semana, muy temprano. Casi a la misma hora a la que le despertaban para ir al cole. En pocos minutos, tras un desayuno cargado de galletas y bostezos, ya estaba allí. En una orilla del río que, a esas horas, aún no reflejaba pisadas.

Y allí se instalaba a esperar. Sin perder la paciencia. Porque no conocía otra manera de que los peces acabasen mordiendo su anzuelo. Y, como no había día que volviera con las manos vacías, pensaba que aquella era la única fórmula.

Pero, afortunada o desgraciadamente, sí que hay otra manera de hacerlo. En la pesca. En el tenis. En la vida, en definitiva. Una forma menos sacrificada, sin madrugones ni legañas. Una suerte de varita mágica con la que ahorrarse horas delante de la presa. Lo llaman talento. Don. Prodigio. Duende.

Y no. No todos lo tienen.

Los que sí lo poseen no son holgazanes. Ni raras avis. Pero lo cierto es que hay tenistas que saben que, con poco esfuerzo, llevarán la bola hasta la línea que quieran mientras que a muchos de sus compañeros de fatiga les costará mucho más lograrlo. Si es que lo logran. Y claro que no tienen la culpa de ello. Pero qué triste es ver a un niño que tarde en sonreír. Porque a esos pequeños cargados de ilusión pero privados de talento les cuesta mucho más oír el aplauso del público.

La tarea del que no fue obsequiado con ese don es perseverar. No dejar de pegarle a la bola. Ya entrará. Tienen que convencerse que, con esfuerzo, las buenas notas llegarán. Como los peces acaban cayendo en nuestra trampa. Y que llegarán a levantar trofeos. Claro que sí. Pero también es verdad que deben madurar y asumir que tal vez el compañero de al lado, que saben que se ha esforzado mucho menos, gracias a su maldito talento… logrará mandar algunas bolas a lugares casi soñados por él.

Pero no hay que olvidar tantas y tantas lecciones que han recibido los tenistas prodigiosos. Parecidas a la del niño de “Boyhood”, cuando un profe le dice: “¿Sabes cuántos, con tu mismo talento, han triunfado sin disciplina, sin compromiso o sin ética del trabajo? Cero”. Porque, aunque cueste, aunque a veces parezca que no hace falta, habrá que levantarse temprano. Arrastrar la bolsa hasta la pista. Y pegarle a la bola más de las veces que a uno le gustaría. Porque el talento, en muchas ocasiones, no es suficiente.

Por eso dicen que Federer suda poco en los entrenamientos. Porque pocas veces un solo tenista ha atesorado tantos golpes que rocen la perfección. Pero ahora piensen en Nadal. Del que más de uno asegura que se exprime tanto en un ensayo frente a un amigo como en un partido. Sin tener, casi, ningún don natural en sus golpes. Pero ambos han logrado un reconocimiento unánime y un hueco merecido en la historia de este deporte. Es cuestión de decantarse por uno de los dos caminos. Aunque sepamos que ambos conducen al aplauso. Y a la sonrisa.

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