Con Messi es más fácil

El último partido en el Camp Nou pareció cambiar el foco de las críticas del barcelonismo, que se alineó claramente junto a Messi y no dudó en silbar a Josep Maria Bartomeu y Andoni Zubizarreta de un modo seguramente inesperado por los protagonistas. La reacción del público culé fue tan sorprendente como positiva. No por el hecho de pitar, que eso es cuestión de gustos y afinidades, sino porque transmitió la sensación de que por una vez dejó de ser esa masa sin espíritu crítico que suele poblar las gradas del estadio.

Al público, es cierto, le interesa sobre todo lo relacionado con el césped. Quiere ver a su equipo jugar bien y ganar. Y, acostumbrado como está desde hace años a las sabrosas mieles del triunfo, no digiere bien el sabor a hiel de las cosas mal hechas. Porque las hay. Y bastantes.

La masa social del Barça es capaz de aprobar con una amplia mayoría el megaproyecto del Espai Barça y puede refrendar –como hace cada año– las cuentas que presenta la directiva de turno en la tradicional asamblea de compromisarios, pero no perdona que la pelotita, que cada vez tiene menos de caprichosa y más de metódica, no entre.

El pasado año, el público mostró una generosa paciencia con el equipo que se tornó indiferencia y que tuvo como máximo exponente la nula reacción tras finalizar el partido decisivo frente al Atlético de Madrid. Entendió, se supone y seguramente con razón, que la desgraciada enfermedad de Tito Vilanova que trajo consigo el aterrizaje de Gerardo Martino en el Camp Nou marcó la temporada. Su opción, rebajar el nivel de exigencia.

Sin embargo, el público del estadio, el de toda la vida, no olvida. Fue capaz de perdonar el desastre de la temporada 2006-2007 y de darle una oportunidad a un equipo que no la aprovechó durante el siguiente curso, pero también tuvo la fuerza para castigar esa indolencia que Joan Laporta sorteó por los pelos y que provocaría una catarsis colectiva y la llegada de Pep Guardiola. El resto de la historia es conocida.

Ahora, el barcelonismo –o gran parte de él– vuelve a ver que no solo hay cosas mal hechas, sino que no parece haber propósito de enmienda. Sancionado por FIFA con un castigo tan duro como es la imposibilidad de fichar, el club desaprovechó la suspensión cautelar del verano y firmó dos futbolistas (Suárez es un caso aparte) con los que va a tener que realizar la travesía del desierto.

Batido Torpedo Müller, desterrado Chitalu, superado Zarra e igualado Raúl, Messi es el último eslabón al que se agarra el Barça, al menos de momento. Dijo ayer Johan Cruyff que el argentino no se irá por dinero pese a que habría equipos dispuestos a pagar 200 millones por él. Uno no tiene tan claro que, de llegar esa propuesta, el señor de los números y presidente de facto del Barça la rechazara, especialmente si se recuerda que la última renovación de Leo Messi se llevó a cabo con una oferta sobre la mesa de un club europeo que, casualmente –o no– es propiedad del principal patrocinador del Barça.

Messi eligió quedarse con la promesa de formar parte de un proyecto ganador, pero ahora mismo no sabemos si los mimbres que tiene Luis Enrique dan para fabricar ese cesto. Lo que es evidente es que con Leo siempre es más fácil trenzarlos para acabar consiguiéndolo. Que no se olvide nadie.

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