“Cuatro años de contrato, unos 250 millones de pesetas anuales, una casa en la mejor zona residencial de la Lombardía, billetes de avión a discreción, un trabajo para mí en alguno de los equipos de base y lo más importante: la titularidad garantizada”. La reunión había sido de lo más provechosa, en un par de horas había conseguido colmar todos sus sueños de futbolista frustrado, se había garantizado el futuro de su familia y le había abierto las puertas a uno de los mejores equipos del planeta a su hijo.

Adriano Galliani había actuado de encantador de serpientes y había calculado la operación al detalle. Como mano derecha de Silvio Berlusconi, su misión era recuperar el prestigio venido a menos del gran Milan de Arrigo Sacchi y de Fabio Capello, y la casa no iba a reparar en gastos. Fichado Andryi Shevchenko por 25 millones de dólares, el siguiente en la lista era aquel joven imberbe que se acababa de proclamar campeón del Mundo sub-20 en Nigeria, un tipo normal, de aspecto normal, que vestía normal, no lucía tatuajes ni vestía de forma extravagante. Lo extraordinario lo había reservado todo para el fútbol, donde era un fuera de serie, a pesar de que contaba sólo con diecinueve años.

Sentados en torno a la mesa de la casa familiar. La noticia llenó las caras de sonrisas. Abrazos de Óscar y Alex con su padre, todos se preguntaban cuánto les costaría aprender italiano. La única que impuso un poco de freno fue Mercè, la madre. Ella querría que su hijo triunfara en el Barça, sabía que en su puesto, un tal Pep Guardiola, le restaba cualquier opción de jugar con continuidad y, además, aún tenían que esperar el regreso de Xavi, que en unos días llegaba de Nigeria y es quien tenía la última palabra.

Aquel Milan no era el gran Milan. Había sido incapaz de reconstruirse sobre las cenizas del equipo de Fabio Capello e iba trampeando. Había decidido rehacerse a partir del modelo del Udinese y para ello se había hecho con el fichaje de su entrenador, Alberto Zacheroni, y de dos destacados futbolistas: Oliver Bierhoff y Thomas Helveg. Todo ello les había situado en un tercer escalón, tras Juve e Inter, a pesar de que el esquema de juego era muy vistoso (3-4-3) y el equipo desbordaba talento.

En el aeropuerto, aún con la medalla de oro colgada al cuello, Xavi recibió las últimas novedades. Su única duda era si el entrenador azulgrana, Louis van Gaal, confiaba en él. Quería una esperanza a la que aferrarse para no dar portazo a aquella etapa de su vida que había empezado años atrás en cualquier campo de tierra y que culminó después de que Oriol Tort lo viera jugar cinco minutos.

En Milanello, estaba todo preparado. El equipo estaba rejuvenecido. El primer compromiso iba a ser la Supercopa de Italia. Era la presentación de Sheva, de Gennaro Gattuso -un contundente y desconocido centrocampista llegado de la Salernitana- y de Xavi, que lució el número seis, su dorsal favorito y que el Milan había tenido el detalle de reservárselo. Con el 5, Costacurta, con el 6 Xavi y con el 7, Shevchenko.

Van Gaal tenía cubierto su cupo de centrocampistas. No estaba dispuesto a darle muchas oportunidades a los jóvenes y menos a futbolistas poco atléticos. El club azulgrana vivía una época de transición. Núñez apuraba sus últimos días en la presidencia, Joan Gaspart ganó las elecciones aquella primavera y en ese ‘impasse’ se instaló la anarquía en el club. Se fue Xavi y también Cesc Fàbregas, un prometedor cadete.

En Milan, la estabilidad tampoco era el estado natural de los ‘rossoneri’. Acabó la etapa Zac, se inició la de Cesare Maldini y la de Terim. Tres entrenadores en tres años y pocos títulos. Xavi había soñado jugar en un gran equipo, pero nunca se sintió cómodo con aquel fútbol tan poco creativo, demasiado físico y alejado de su concepción del juego.

Todo cambió, sin embargo, en el verano de 2002 con la llegada del nuevo técnico, Carlo Ancelloti. Carletto era otra cosa. En su primer año, Ancelloti llevó al equipo al título en la Champions, al siguiente el fichaje de Kaká reforzó aún más al Milan, cuyo timón era guiado con maestría por Xavi.

En 2004-05, Xavi aprendió que no se puede ganar una Champions ni aún con un 3-0 a favor en el descanso y dos años después, con la lección aprendida, el Milan borró aquella amargura al imponerse al Liverpool. Era la segunda Champions para Xavi, que cada día añadía más registros y galones a su fútbol.

En la distancia, Xavi seguía a su Barça. Su inconfesable anhelo era regresar. Recibió una oferta de la directiva de Jan Laporta, pero por aquel entonces, el Milan no estaba por la labor. Aquella primera aproximación al menos le sirvió para arrancar un compromiso de que si llegaba una buena oferta por él procedente del Barça, Berlusconi se lo pensaría.

Por aquel entonces, el Barça de Guardiola conquistaba el mundo al final de la primera década del dos mil. La llegada de Sandro Rosell a la presidencia impulsó el acuerdo. El presidente pensó que sería una gran operación y, además, una buena manera de contentar al técnico, pendiente de renovar su contrato con el club. Xavi volvió al Barça en junio de 2010, con él, el Barça evolucionó aún más su juego y conquistó su cuarta Champions en el verano de 2011. Guardiola, quien había solicitado el fichaje de Cesc, dispuso de una nueva opción en el centro del campo. Paradójico, Pep, el hombre que le había cerrado las puertas como jugador, se las había abierto como técnico. Ahora Pep ya no está y Xavi, con 33 años, sigue dando lecciones sobre el verde del Camp Nou. Sabe que un día, él será el entrenador.

La ilustración es de © Alex Santaló

El texto apareció en Panenka#22