Carta abierta al soci del Barça

Como soci del Barça, no entiendo a mis consocios. Comprendo que somos una masa muy heterogénea, que aúna a personas de distintas creencias, clases sociales e intereses y que por ello es imposible que todos pensemos de forma parecida. Somos médicos, electricistas, maestras, jubilados, publicistas, diseñadores y estudiantes. Hay católicos, musulmanes, judíos, ateas, budistas y agnósticos. Se juntan burgueses de tribuna caliente, trabajadores de clase media, sufridas autónomas o gente en el paro que rasca algún carnet o entrada ocasionalmente. No, no vemos las cosas igual. Tenemos diferentes prismas e intereses personales. Don Jaume desea hacer negocios con un directivo del club; el Sr. Rius que cubran el estadio para no mojarse; Carme que no suban las cuotas o dejará de poder pagarlas; Javier que la lista de espera para conseguir un abono avance; y Cristina, que hace malabares para pagar un simple carnet de socio, que el Sr. Rius le deje el abono el domingo.

Pero hay algo que debería ponernos a todos de acuerdo. Todos deseamos que el Barça vaya bien. Deportivamente, pero aún más como club. Y para ello votamos a directivas y a presidentes, sacamos el pañuelo en el estadio, montamos mociones de censura y permitimos que asambleas de socios compromisarios decidan por nosotros –algunos no lo permitiríamos, pero así están las cosas–. En definitiva, jugamos a un sistema democrático que nos permite participar de las decisiones que mueven a este gran trasatlántico que es el Barça. Su mantenimiento y la dirección hacia donde debe dirigirse depende en parte de nosotros los socios.

Y el trasatlántico va a la deriva. Ha chocado contra un iceberg y el capitán Rosell ha abandonado el barco el primero, en vez de hacerlo el último. ¿Qué tenemos? Pues tenemos a un presidente fugado y a la FIFA prohibiendo fichar en dos períodos de mercado por culpa de unos inútiles. Estamos viviendo en los juzgados por el caso Neymar, con los violentos regresando al estadio disfrutando encima de entradas baratas (perdonar es un valor, son palabras de Sandro) mientras los niños, en cambio, son privados de poder asistir a los mejores partidos. Tenemos una directiva con muchas prisas por hacer la casa nueva por el tejado y con todos sus intereses y esfuerzos centrados en eso, a un director técnico que no parece dirigir, a un entrenador perdido y por último, y no menos importante, a un equipo en decadencia, ese gato al que nadie quiere ponerle el cascabel.

Hemos perdido el respeto que habíamos logrado y periódicos de todo el mundo nos llaman tramposos. Ya no somos el equipo de Unicef al que todo quisqui quería acercarse para salir en la foto y, además –y por eso no entiendo a mis consocios–, nos vamos a endeudar por un período de cincuenta años sin saber con quién. Por todos esos motivos y muchos más que seguro que me dejo, no veo razones para seguir confiando la navegación del buque a la actual directiva dos años más.

Debemos movilizarnos y exigir que en junio haya elecciones. Que vuelva Laporta, que Benedito tenga su oportunidad o que se postule gente nueva. Pero debemos cambiar de capitán y de tripulación ya. A no ser, claro, que nos apetezca ser el Titanic.

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