Carla Suárez y la estela de Arantxa

Se ha repetido mucho estos días, a raíz de la hazaña lograda por Carla Suárez (nueva top ten), que no había una española en la final de Miami desde hacía nada menos que 22 años. El tiempo corre a una velocidad endiablada y ya han pasado más de dos décadas desde que Arantxa Sánchez-Vicario se plantara en aquel último partido y, aquella vez sí, lograra alzar el trofeo del que es llamado “el quinto Grand Slam”. Las hojas del calendario también han caído desde que Arantxa guardó su raqueta por última vez, sabiendo que tocaba retirarse a tiempo. Casi trece años.

Desde entonces, su enorme legado ha dado paso a toda una serie de noticias que nada tienen que ver con el tenis. De hecho, los periodistas que han escrito últimamente sobre ella lo han hecho en páginas muy alejadas de las de deportes. Lo triste de todo es que la benjamina de la saga parece que se da de bruces, una vez tras otra, en su intento de llevar una vida apacible. Lleva tiempo intentando superar la red… pero de momento no lo logra.

Volviendo al plano deportivo, lo que Carla está logrando es muy meritorio. Pero si hubo una tenista pionera en abrir la senda, esa fue Arantxa. Sí, consiguió cuatro Grands Slams, cuatro medallas olímpicas, cinco Copas Federación y ser número uno en individuales y en dobles (incluso al mismo tiempo). Pero su mejor cosecha fue lograr que nos pegáramos al televisor para verla jugar. Porque, cuando ella estaba en la pista, uno sabía que iba a darlo todo. Que iba a recorrer los kilómetros que hicieran falta. Y que devolvería bolas imposibles. Viéndola jugar (y ganar), en aquellos años, era como ver a Indurain. Una mezcla de garra, entrega y pundonor que contagiaba a más de uno hasta tal punto de retrasar la siesta hasta verles levantar los brazos.

Por encima de todas aquellas batallas, cómo no, la final de Roland Garros contra la todopoderosa Steffi Graf, en 1989. Era osado toserle a la alemana, pero Arantxa la llevó hasta el límite. Daba igual que la máxima favorita al título tuviera ya seis Grands Slams en su palmarés antes de la cita parisina. Lo cierto es que la española la invitó a una de las finales femeninas más largas de la historia y, en el alambre de un mítico tercer set, le dijo que esa vez se cumpliría aquello de que la suerte le suele sonreír al principiante. El paso del tiempo ha empolvado el desarrollo de aquella final y cuesta recordar alguna disputada jugada entre ambas o un golpe ganador y maravilloso por parte de alguna de las dos tenistas. Pero lo que muchos no olvidamos es cómo se retozó sobre la tierra tras el último punto. Cómo lloraba, de pura felicidad e incredulidad, como lo hacen los ganadores del Gordo de Navidad. Y cómo subió al estrado de los campeones para recoger el trofeo como la valiente (y más joven) vencedora de las dos semanas más bonitas del año en el bosque de Boulogne de la ciudad más romántica del mundo.

Su entrega, insisto, emocionaba. Y su tenis, para todos los que vinieran después, supuso una estela en el camino. Alguien a quien imitar. Y a quien agradecer tanto esfuerzo realizado. Lo que Carla está cosechando estos últimos tiempos es mérito de ella. Pero saber que hay un precedente, un referente, ayuda. Igual que los hermanos mayores hacen caer muros para cuando lleguen los hermanos más pequeños, Arantxa decidió que nuestras jugadoras merecían un lugar en el mapa tenístico. Y apuntaló ese lugar hasta que intentó devolver la última bola de su último partido. Y Carla. Y tantas otras, lo saben. Por eso lo intentan. Igualarla o superarla. Es el mejor homenaje que le pueden hacer. Como a tantos otros pioneros. Llegar a aquellas cimas. A las que no pudieron llegar y que durante tanto tiempo soñaron con que, un día, dejarían de ser inalcanzables.

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