Bartomeu o el fracaso de la gestión del rencor

Dicen los expertos que para aprender de los éxitos hay que tener un enfoque estratégico y proactivo que permita fijarse en lo repetible y valorar bien lo predecible. Es decir, conocer con detalle lo que se ha hecho bien y tener la capacidad suficiente para anticiparse a lo que está por venir.

Durante su presidencia, incluso en la campaña electoral que le dio acceso al cargo, Sandro Rosell destacó tres decisiones positivas de la junta que le precedió: la apuesta por Josep Guardiola, la expulsión de los violentos del Camp Nou y el acuerdo con Unicef. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, acabó con el primero, negoció para reubicar a los segundos y relegó a la ONG al culo de los futbolistas.

Dejando de lado el inaceptable empeño en dar cobijo a Boixos Nois y otros energúmenos y la sustitución de Unicef por Qatar Foundation y sus derivados, el verdadero pecado de las juntas de Rosell y Bartomeu ha sido alejarse de un modelo deportivo y una filosofía que está ligada a los mayores éxitos de la historia moderna del equipo. Porque, guste o no a los admiradores de Robson, Venables o Antic, es un hecho innegable que la sombra de Johan Cruyff es la que ha traído consigo no sólo las cuatro Ligas de Campeones, sino sobre todo un modo de entender y practicar el fútbol del que hoy apenas quedan cenizas.

Cruyff es una figura que no deja indiferente a nadie. Su rebeldía y su particular forma de ver la vida, envidiada por muchos de los que no pueden (podemos) hacer lo que quisieran (quisiéramos), forma parte de su personalidad y es la que ha definido siempre al personaje, comenzando por su llegada a Barcelona cuando su club, el Ajax, ya había alcanzado un acuerdo con el Madrid de Bernabéu. Ese germen de locura que atesoran todos los genios es el principal culpable del cambio que ha experimentado el Barça en el último cuarto de siglo, una metamorfosis que le hizo abandonar su victimismo para convertirle en una institución ganadora y desacomplejada.

Votar a favor de la moción de censura es acabar con el cruyffismo”, explicaba Bartomeu en la primavera de 2008. No sorprende, en consecuencia, la labor de acoso y derribo a la herencia recibida –la principal, un magnífico equipo de fútbol edificado con los cimientos del cruyffismo– por parte del delfín del huido Rosell.

A final de temporada, el socio culé tiene la oportunidad de demostrar varias cosas. La primera, si como dijo ayer Bartomeu “está contento porque ve un proyecto y que se está construyendo una nueva era con Luis Enrique”. La segunda, si ha madurado o vuelve a depositar su confianza en quienes, desde el rencor, comenzaron a destruir los pilares de una solidez nunca vista y, aún hoy, juguetean con fuego animando por lo bajini a Leo Messi a que abandone el club.

En poco más de tres años, el Barça ha experimentado un declive que le ha hecho irreconocible. Y gran parte de la culpa reside en un hecho palmario: la vanidad de muchos de sus directivos y la ambición por dejar su legado han prevalecido sobre el talento que han demostrado tener al frente de sus empresas y que han sido incapaces de aplicar en un club de fútbol.

Dijo ayer Bartomeu que el club lleva cuatro años ganando dinero sin parar. Y es cierto, si nos atenemos a los balances publicados. Pero no es menos cierto que la pérdida es aún mayor en términos de títulos, de fútbol y de imagen. En manos de los socios está definir el camino por el que debe transitar el Barça del futuro. Ojalá acierten, porque si los éxitos son transitorios en la mayoría de los casos, los fracasos pueden volverse perennes.

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