Sin centrales (aún) para Luis Enrique

La prematura vuelta a casa de la selección española de fútbol ha hecho que el runrún de cada verano, ese que toma forma de baile de nombres y fichajes que firmaría la portera de Núñez, se convierta en protagonista de la actualidad blaugrana. Reus, Suárez, Cuadrado y tantos y tantos otros son ahora mismo carne de portada, de rumor, de ida y vuelta.

Lo cierto es que hoy, cuando aún no ha terminado oficialmente la temporada 2013-14 (a la que le quedan dos telediarios) y estamos a apenas dos semanas de la próxima, los movimientos en el Barça se limitan a la venta de Cesc Fàbregas al Chelsea, a las despedidas de Puyol y Valdés, al más que probable adiós de Xavi Hernández y a la incorporación de dos porteros (Bravo y ter Stegen), dos cedidos (Rafinha y Deulofeu) y el hasta ahora sevillista Ivan Rakitic.

Entre debates más o menos estériles acerca de la idoneidad de fichar a Luis Suárez y su insaciable –en todos los sentidos– apetito, el Barça mantiene todavía la incógnita del modo en que va a reforzar su verdadero punto débil: la defensa. Hace ya varias temporadas que el club debió incorporar un defensa central (si no dos) para apuntalar la zaga ante el inexorable declive físico de Carles Puyol, la incomprensible decadencia de Piqué –a quien ya veremos si Luis Enrique es capaz de reconducir– y la injustificable falta de confianza en Marc Bartra. A la que el rendimiento de Mascherano en el eje de la defensa disminuyó, las evidentes carencias del equipo quedaron, si cabe, más al descubierto. Y no precisamente por culpa del Jefecito, que bastante hizo jugando fuera de su puesto prácticamente desde el día que se enfundó la camiseta azulgrana.

Durante dos temporadas seguidas, pareció que el fichaje era Thiago Silva o Thiago Silva. No había más alternativa hasta que, finalmente, el fichaje fue Puyol. Subotic, Hummels, Mangala, Laporte, Marquinhos, Miranda, Mathieu… todos ellos han sido vinculados con el Barça en este tiempo sin que, al menos de momento, el hombre (u hombres) que debe acompañar a Piqué haya aterrizado en el Camp Nou. Y así ocurre que hoy, a finales de junio, la primera plantilla azulgrana tiene más porteros que defensas centrales.

Con esa espada de Damocles sobre la cabeza y a la espera de conocer cuál es la posición oficial de Luis Enrique y qué poder de decisión va a tener en la confección de la plantilla, el adiós de Xavi Hernández anunciado por la prensa hace unos días plantea otro serio dilema. ¿Quién va a dirigir al equipo?

Traspasado Thiago por cuatro duros y unos minutos de menos y vendido un Cesc que jamás respondió a las expectativas más que a cuentagotas, habrá que ver a quién otorga el entrenador la batuta de un equipo que en los últimos años sólo ha interpretado una partitura. De forma magistral durante un tiempo, sí, pero desafinando cada vez más a medida que los solistas se aburrieron y el director de orquesta cambiaba sus aspavientos y golpes de genio por movimientos mecánicos, casi robóticos.

Siempre se dice que las temporadas se planifican durante los meses de febrero y marzo. La experiencia nos dice que no es así, al menos en el Barça, pero no queda más remedio que ser pacientes y contemplar los bandazos que da un club que pensó, según explica la cadena Ser, en Xavi Hernández como jugador-entrenador si Martino dimitía tras la huida de Rosell. Mientras tanto, seguiremos entretenidos pensando en si llega Suárez y se va Alexis, en si Cuadrado es lateral y en qué hacemos con Dani Alves, en si Pedro merece continuar o si le daremos a Messi lo que merece para que vuelva a ser el que fue, en si Piqué volverá a ser futbolista o si Iniesta tendrá, por fin, los galones que merece.

Mientras pensamos en todo eso, la esperanza de los aficionados está puesta en un único nombre: Luis Enrique. En sus manos y su temperamento está que el Barça no sólo recupere el fútbol, sino sobre todo el trabajo y la cultura del esfuerzo sobre la que se sostiene todo lo demás. Trabajo, fútbol, esfuerzo… y un par de buenos centrales, que nunca están de más.

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