La final de la alegría

Este sábado no es un sábado cualquiera. Es El Sábado con mayúsculas, el que cierra la temporada futbolística en Europa y el que puede hacer que el Barça finalice una temporada estupenda o, si se dan bien las cosas, se vaya de vacaciones tras un curso espectacular.

La final de la Champions League es una fiesta enorme. Genera expectativas de tal tamaño que una derrota en ese partido dejará mal sabor de boca a quien no logre el título y relegará a un segundo plano –al menos por unos días–  el doblete de liga y copa con el que ambos contendientes acuden a Berlín.

Dice la tradición que el Barça sólo es capaz de ganar títulos cuando su juego roza la excelencia. Así venció el Dream Team de Cruyff y así, también, lo hizo por dos veces (maldito volcán) el Barça de Pep Guardiola. Recurriendo a ese tópico y dando por hecho –que es mucho dar– que el fútbol tenga lógica, el equipo de Luis Enrique tendría más cerca que nunca la victoria en el Olympiastadion. Ocurre, no obstante, que no es prudente menospreciar el papel de la Juventus, un equipo cargado de oficio y que si ha llegado a la final no ha sido por casualidad.

Desde aquella famosa derrota en Anoeta, el Barça ha mantenido una línea ascendente y ha pasado por encima de todos cuantos rivales se le han puesto por delante. Ha competido bien, ha jugado mejor y ha redondeado esa tendencia con los dos títulos domésticos. Mientras tanto, el equipo turinés ha ido picando piedra y, a ritmo de perezoso amazónico, subiendo poco a poco escalones en Europa. Sufriendo en algunos partidos, pero asiéndose con fuerza a la barandilla y sin mirar hacia abajo para que cada paso supusiera un nuevo peldaño en esa escalera hacia el cielo berlinés.

Mañana, cuando el árbitro turco haga sonar su silbato veremos dos modelos de juego diferentes y, seguramente, observaremos cómo la dinamita azulgrana trata de derribar la solidez defensiva bianconera. 90 minutos después, cuando Cüneyt Çakır silbe de nuevo para señalar el camino al túnel de vestuarios, sabremos si el Barça de Messi ha logrado derribar el muro piamontés en la ciudad que acogió la pared más vergonzosa que ha vivido jamás Europa.

Mañana puede ser la final de la alegría.

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