Hoy es el día

Tienes que mirar al que está a vuestro lado, mirarle a los ojos. Creo que vais a ver a un tío dispuesto a ganar cada pulgada con vosotros. Vais a ver a un tío que se sacrificará por este equipo, porque sabe que cuando llegue la ocasión vosotros haréis lo mismo para él. Eso es un equipo, caballeros, y, o nos curamos, ahora, como equipo, o moriremos como individuos. Eso es el fútbol chico, eso es todo lo que es. Ahora, ¿qué vais a hacer?

Tony D’Amato (Al Pacino) en ‘Un domingo cualquiera

Hoy es el día. Con Chelsea y Real Madrid ya clasificados para las semifinales de la Liga de Campeones, el Barça se juega en el Calderón subir el escalón que separa una buena temporada de otra simplemente correcta.

Vivo en la Liga y a una semana de la final de la Copa del Rey, el barcelonismo sigue viendo en la máxima competición continental el termómetro que mide su estado de ánimo, el baremo que cuantifica –y más estableciendo comparaciones con el máximo rival– el grado de satisfacción con un equipo acostumbrado a no faltar a su cita entre los cuatro mejores equipos de Europa.

El reto es mayúsculo. El empate a uno que se registró en el Camp Nou añade un punto de dificultad a una eliminatoria frente a un rival que responde al estereotipo que en las últimas temporadas ha puesto en más problemas al Barça, llámese Chelsea, Inter o Real Madrid: equipos organizados, muy disciplinados y que prefieren basar su juego en la solidaridad y los automatismos defensivos más que en el buen trato a la pelota.

El Atlético de Simeone responde a ese perfil y suma, además, el hambre del equipo que llega desde abajo, del aspirante a comerse el mundo que quiere hacer lo propio ante el campeón, el finalista y a quien le pongan por delante.

La ventaja, si es que la consideramos como tal, es que el Barça tampoco es el que era. No es el equipo brillante que se hizo con los títulos de 2009 y 2011, ni siquiera el que cayó eliminado en 2010 y fue despedido entre aplausos por el Camp Nou. Tampoco, todo hay que decirlo, es el equipo débil, mal preparado y peor competidor que fue vapuleado por el Bayern de Múnich. Es un Barça diferente al que Gerardo Martino ha aportado algunas variantes que, aun a costa de perder parte de la velocidad y el ritmo de balón que le hicieron célebre, han sumado competitividad.

El Tata ha logrado que su equipo compita en todos los partidos importantes. Al contrario que el Real Madrid –incapaz de ganar ninguno de los grandes encuentros que pueden decidir la Liga–, el Barça de Martino ha vencido en aquellos campos en los que debía hacerlo, supliendo con suprema fiabilidad las frecuentes desconexiones en la fluidez del juego.

Y es esa fiabilidad, fundamentada en el deslumbrante estado de forma de Iniesta y en la siempre amenazante presencia de Leo Messi, la principal baza de un conjunto que a estas alturas de temporada es capaz de subir a su afición en la más vertiginosa de las montañas rusas, para lo que le basta la distancia que separa Zorrilla del Bernabéu.

El partido de hoy es el que permitirá a los culés seguir soñando o despertar de golpe y ver como el ámbito deportivo –amenazado por la sanción de FIFA– se una a la incierta realidad institucional que rodea al club desde hace varios meses.

Hoy es el día de volver a ser el Barça.

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