Ganar

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Seis Ligas, tres Champions League, dos Copas del Rey, dos Mundialitos y varias Supercopas de España y de Europa después, esta generación de jugadores del Barça dispone del último partido en el que van a depender de ellos mismos para lograr un título. No es la última jornada de Liga ni el encuentro se disputa en Lisboa, sino que es Mestalla el que va a acoger la reedición de la final de 2011.

Hay algo de justicia poética en este deporte: fue en ese año, 2011, en el que el Barça holló la cima futbolística. Una temporada en la que pocos partidos no serían dignos de ser incluidos en un eventual disco de Greatest Hits de un club con más de cien años de historia. Se bordó el fútbol de miércoles a domingo. Aún así, hincaron la rodilla en Valencia en un partido espectacular ante el Real Madrid de Mourinho, único título que cederían ese año natural de los seis disputados. Hoy, tres años después, prácticamente los mismos jugadores tienen la oportunidad de redimirse, de ganar aquello que se les escapó cuando nada se les escapaba. Mismo partido, mismo rival, mismo escenario.

En esta ocasión no habrá Champions League ni Liga para aderezar una victoria en la competición que más veces ha visto ganar a los azulgrana. La Copa o nada, triste epitafio para un grupo que se especializó en el todo, pero que acabó traspapelando el único mensaje imprescindible que trajo Guardiola: el esfuerzo no es negociable. Su indiscutible calidad les ha proporcionado dos años de inercia competitiva, dos años en los que varias capas de maquillaje confundieron a más de uno y de dos. No es que no quieran, es que no pueden. Esto último quedó en evidencia en la eliminatoria europea ante el Atlético de Madrid, en la que el Barça fue arrollado en todas las parcelas del juego. Sin esfuerzo no hay recompensa ni velocidad para noquear a los rivales.

Tal como declaró Iniesta, el signo de la final no debería afectar a la planificación de la temporada siguiente. El descenso ya no hay crema anti-edad que lo disimule, el quirófano es inevitable. El fútbol ha brindado al Barça, el equipo que conjugó todas las formas del verbo ganar y que ahora se ahoga entre el pretérito y un cada vez menos condicional, una última oportunidad de volver a hablar en presente. La última oportunidad para regresar tres años atrás y corregir lo que sus mejores versiones no fueron capaces de conseguir.

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