El Barça tiene al enemigo en casa

Acabada la temporada del Barça con el título de Liga, la masacre de Anfield y la demostración de impotencia del Villamarín, llega la hora ochentera de darle la vuelta al calcetín. Más de una década después de la volcánica irrupción de Leo Messi en el panorama futbolístico, es el argentino lo único que sustenta el edificio culé, una estructura que va perdiendo lustre año a año a causa de la pasividad y la desidia del administrador de la finca.

Quien firma estas líneas se define como partidario de un modo de entender el fútbol muy concreto, pero entiende a quienes lo ven de otro modo. Hay muchas maneras de jugar a esto, pero la que convirtió al Barça en dominador de este deporte fue una muy precisa de la que, lamentablemente, solo quedan los restos.

Guste o no y pese a lo que digan los más potentes altavoces mediáticos, desde que la junta de Rosell y Bartomeu se hizo cargo del club no ha transmitido la sensación de creer en el modelo. Es más, el propio presidente declaró en su día que había caducado el círculo virtuoso que fiaba todo a los éxitos deportivos, olvidando seguramente que preside precisamente eso, un club deportivo. Sin estar en absoluto de acuerdo con ella, me parece una visión legítima y aplaudiría que fueran con ella adelante si tuvieran el valor de reconocer que prefieren otro Barça y otro juego en lugar de llenarse la boca de modelo, ADN y Masia.

Pero no se atreven. Prefieren incorporar exjugadores como Boateng o futbolistas sin nivel como Murillo para poblar la grada antes que dar cancha a algún canterano porque saben que tienen el viento a favor en forma de un ejército de lameculos que alude siempre a la posesión cuando se pierde y elogia el correr desbocado de Vidal cuando se gana. Una caterva de periodistas que recurre al “hemos ganado la posesión” como si no hubiese quedado claro desde hace tiempo que la posesión no sirve de nada si no se sabe qué hacer con el balón. Y el Barça no lo sabe porque los responsables del club han sido incapaces de renovar el equipo y lo han llenado de mediocridad comprada a precio de caviar beluga sabiendo que Messi tapaba muchas carencias.

Cada derrota estrepitosa del Barça trae consigo la visceralidad en el análisis. Tendemos a buscar un culpable sobre el que volcar una frustración –la que genera el fútbol– que dice poco de nosotros. La tentación fácil es disparar a Ernesto Valverde y seguramente lo mejor sería un relevo en el banquillo porque no parece en condiciones de levantar deportiva ni anímicamente al equipo tras los dos varapalos de la Liga de Campeones. Pero ni Valverde no otro técnico podrán hacer nada si no se apunta por elevación y quienes tienen la responsabilidad de configurar el equipo se esconden bajo el paraguas del entrenador.

Bartomeu, su junta y Pep Segura y su equipo de la dirección deportiva deben decir qué planes tienen para el equipo, en qué Barça piensan e ir con esa idea hasta las últimas consecuencias. Si no son capaces o no se atreven, lo mejor es que den un paso al costado y reconozcan su incapacidad. Lo contrario sería demostrar que el club sigue teniendo al enemigo en casa, algo que ya ven en otros países y que no queda relegado a quienes algún director de periódico llamaría, de forma tan grosera como ignorante, nostálgicos de la posesión.

Jamás un triplete como el de 2015 resultó tan caro.

Foto: FC Barcelona

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