Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada.

Francisco de Icaza, poeta mexicano.

Prepara el Barça su asalto a Los Cármenes escondido de los ruidos de maletines y del rumor de las fanfarronadas. Lo hace con la inquietante tranquilidad –si se me permite el oxímoron– de quien se sabe con un objetivo claro: hacerse con los tres puntos a la sombra de Sierra Nevada para cerrar para siempre y por segunda vez una liga que solo el conjunto de Luis Enrique puede perder.

El nuevo estadio de Los Carmenes ya no es el vetusto campo donde deambulaban, amenazantes, aquellos defensas que merecían por sus embestidas jugar en la vecina plaza de toros más que sobre el césped. No están Aguirre Suárez, Pedro Fernández ni Montero Castillo, ni tampoco Ñito, aquel portero canario que, para hacer bueno el tópico, estaba medio loco. Ya no tiene el Barça jugadores en ataque que se dejen amedrentar por esos viejos fantasmas, como seguramente ocurrió más de una vez en aquellos tiempos donde la televisión como testigo brillaba por su ausencia.

Las grandes mentes tienen objetivos; las demás, deseos”, explicaba Washington Irving, el autor que más y mejor dio a conocer la Alhambra en el mundo. Salvado el Granada tras su victoria en Sevilla, el Barça debe tener claro su objetivo, dejar que el otro aspirante se consuele soñar con el cumplimiento de un deseo y cerrar una pesadilla que, durante tres semanas largas, estuvo a punto de derribar el chiringuito.

25 años después del primer título de Liga de Johan Cruyff como entrenador del Barça, no existe mejor fecha (el 14) ni mejor rival, el Granada ante el que debutó, para que el club blaugrana revalide campeonato, homenajee de nuevo al padre de la idea y deje las portadas, los maletines, las arengas y demás historias rancias en una mala versión de los Cuentos de la Alhambra.