¿Aprueban?

Un ambicioso proyecto de 600 millones que marcará el futuro del equipo.

Un estadio cubierto para 105.000 personas y con todas las comodidades para un estadio que tendría la máxima categoría de la UEFA.

Un nuevo Palau Blaugrana, en las actuales instalaciones del Mini Estadi, para 12.000 espectadores con una pista anexa de 2.000 y una pista de hielo.

Un nuevo Mini Estadi en la ciudad deportiva Joan Gamper, un aparcamiento para 5.000 vehículos, edificios de servicios, integración de las instalaciones del club en el barrio de Les Corts…..

Solo el estadio costaría unos 400 millones de euros, que podrían financiarse mediante un patrocinador que añadiría su nombre al del nou Camp Nou a cambio de 150 millones de euros. Todo ello se decidirá el 5 de abril, cuando 118.578 socios con derecho a voto deberán responder a la pregunta: “¿Aprueba la propuesta del nuevo Camp Nou, el ‘Espai’ Barça y el nuevo Palau Blaugrana?“. Después tendrá que ser ratificado en la próxima asamblea de Compromisarios.

El proyecto parece que tiene buena pinta. Suena bien. El argumento favorable es no perder el tren de los grandes clubes europeos en materia de facturación por el estadio y también ofrecer unas mejores instalaciones y comodidad a los socios de la entidad.

Pero, más allá de los grandes datos, no se conocen los detalles, sólo una simulación por ordenador, con el argumento de que falta por cerrar un concurso internacional de arquitectura para determinar el proyecto ganador.

La apuesta es grande. 600 millones de euros -si no acaban siendo más-, son 100 millones de euros más de lo que presupuesta el Barça anualmente, pero no sólo está en entredicho el proyecto y la cuantía del mismo, también la oportunidad de la consulta.

Anda la directiva enredada con el asunto judicial derivado del fichaje de Neymar, con un presidente que no ha sido votado por los socios y en la recta final de una temporada en la que el equipo difícilmente lo ganará todo y fácilmente se puede quedar en blanco.

Por mucho que desde el equipo directivo no se establezca una relación causa y efecto sobre el resultado del referéndum con el futuro de la junta de Bartomeu, la evidencia va en ese sentido.

Un voto negativo de los socios supondría, más allá de no considerar la oportunidad del proyecto, un castigo a una directiva que está viviendo los últimos meses en medio de un terremoto, pero que no se atreve a dar el paso lógico: convocar elecciones.

Nada parece perturbar la hoja de ruta de la directiva y actúa como si el día a día del equipo, la actualidad judicial o la opinión de los socios en los grandes asuntos fueran tres departamentos estancos, sin conexión entre ellos, tres líneas paralelas que nunca se entrecruzan.

Eso será así hasta que al final el balón entre en acción y decide entrar en la portería o desviarse por milímetros. En ese instante, todas las conexiones entran en contacto.

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