Apología de la blasfemia

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Cuando Martino llegó a Barcelona, muchos aficionados levantaron una ceja al más puro estilo Ancelotti. Sea por etnocentrismo o por simple desconocimiento de fútbol internacional, pocos eran los que recordaban haber oído hablar alguna vez de ese hombre con apariencia tan poco atlética, tan bielsista. Venía acompañado de un curioso sobrenombre: el Tata. Muchas bromas se hicieron al respecto, bromas que trataban de ocultar la desconfianza hacia lo desconocido. ¿Cómo iba un hombre de Argentina que jamás había estado en la disciplina culé a reanimar un equipo que necesitaba urgentemente un desfibrilador?

El Tata, sin embargo, contaba con un aval tremendo: el beneplácito de Leo. Y si a Messi le parecía bien, a todos nos parecía bien. Mantener contento a Messi había sido una preocupación vital de Pep y los beneficios de ello eran evidentes. No hay ocaso que valga cuando el diez juega como sólo él sabe hacerlo. Las reticencias quedaron en un segundo plano que dio paso a una optimista expectación.

Desde entonces, las cosas no han salido del todo bien al que fuera valedor de Martino. Messi se lesionó en agosto, volvió a hacerlo en septiembre y su vuelta a los terrenos de juego ha estado marcada por una lastimosa forma física. Estas lesiones, que se ceban en su bíceps femoral, han mermado también de forma visible su fuerza mental. Leo, que fue brillantemente definido como hombre perro por Hernán Casciari, había perdido esa fuerza y ese hambre para ir tras cualquier balón, sin preocuparse sobre si debería medir sus esfuerzos o no.

Dosificado o no, al 100% o no, Messi sigue siendo un excepcional jugador. No el mejor del mundo, posiblemente, pero suficientemente determinante como para acabar con un rival de no mucha enjundia, adversarios como los que enfrenta el Barcelona casi cada semana en Liga. No obstante, cuando llegan los equipos fuertes o los partidos cerrados, la forma física de Messi se convierte en una rémora que lastra al equipo. No corre, no presiona, no defiende. Transita y vive de su calidad para asistir o arrancar brevemente para marcar. Es tan tremendo que apareciendo un minuto de noventa, con sólo una acción, puede levantar de súbito los cánticos que lo loan, incitar las alabanzas que lo colocan en un territorio semidivino.

Aún así, eso no debería bastar. Messi debería ser suplente. Hay jugadores más en forma que él actualmente que pueden actuar en su demarcación y dar más velocidad al juego. En el fútbol se vive del presente y la realidad es que el rosarino en la actualidad no está para jugar y, siendo la referencia del Barcelona, el equipo se ve penalizado por ello. Pierde balones, no ayuda en su recuperación, no marca, no asiste y conduce demasiado y demasiado lento, además de tener una zona de influencia de tal magnitud que resta espacios a los demás. Y Martino debería ser el técnico que lo sentara, precisamente por ser él compatriota de Leo. No sólo existe el riesgo de jugar aparentemente con uno menos, sino que también Messi puede volver a lesionarse de gravedad y perderlo de verdad para varias semanas. Dejarlo en el banquillo, por mucho que le pese a él, que quiere jugarlo todo, servirá para que recupere antes esa fuerza tanto mental como física que lo hacía imparable. Y el Barça necesita más que nunca al mejor Messi ahora que va tan escaso de fuerzas.

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