Todo aquel que disfruta con el fútbol tiene sus ídolos de juventud. Los tenemos por diversos motivos, todos ellos válidos. Hubo quien jaleaba con más fuerza el derroche físico de Neeskens que la clase de Marcial Pina, el liderazgo de Passarella por encima de la genialidad de Bochini o la contundencia de Gentile antes que la puntería de Rossi. Cada uno en su parcela, esos jugadores (añada el lector el nombre que desee) fueron excelentes futbolistas muy bien valorados en su momento, pero que no se acercan a la categoría de semidioses de esos cuatro que siempre se mencionan. Bergkamp y Platini, por ejemplo, son los de un servidor. Futbolistas elegantes, capaces de hacer mil diabluras el primero y de mandar como pocos el segundo. Pero, ¿hay alguien como Messi?

Lo cierto es que en esto del fútbol ha habido muchos ‘mejores del mundo’, pero bastantes menos genios. Tan pocos, que todo el mundo coincide en que es posible contarlos con los dedos de una mano y se alude –con más o menos consenso y, para quienes le vieron, con el injusto olvido de Kubala– a Di Stefano, Pelé, Maradona y Cruyff. Sin embargo, nadie como Messi.

La influencia de Messi

Es un vicio muy extendido eso de buscar siempre al mejor del mundo en algo. Generalmente, el resultado de esa búsqueda no responde más que a gustos personales marcados, en mayor o menor medida, por la empatía que genera el personaje. Cristiano Ronaldo es un futbolista descomunal, un imponente atleta con unas capacidades técnicas de primer nivel y un rematador como pocos, pero por mucho que los colores de la camiseta aviven debates que tienen más de show business que de realidad, no es Messi.

Con frecuencia –con más de la debida, diría– se compara a Ronaldo con Messi atendiendo a sus cifras goleadoras, muy similares en algunas temporadas, pero se olvida el principal elemento diferencial entre ambos: la incidencia en el juego de sus respectivos equipos. El portugués finaliza como pocos las acciones de su equipo; el argentino no sólo hace lo mismo, sino que se ocupa de generarlas. Messi juega donde quiere, como quiere y, lo más importante, hace jugar a sus compañeros. De falso delantero centro, de extremo derecho, de media punta, de interior o de organizador, la influencia de Leo Messi en el césped está al alcance de muy pocos.

La regularidad como identidad

La evolución del crack de Rosario desde que llegó al primer equipo hasta hoy es evidente. Irrumpió con su gambeta eléctrica y su rapidez para dejar boquiabierto a Fabio Capello y a miles de barcelonistas que habían oído que era bueno, pero no imaginaban hasta qué punto. Su uno contra uno en la banda generaba desequilibrio en el rival y superioridad para el Barça –pregunten a Asier del Horno o a Mourinho–, pero no fue hasta el 2 de mayo de 2009, en el Bernabéu, cuando se empezó a vislumbrar todo lo que podría ofrecer.

Aquella tarde de primavera, Guardiola le situó como falso nueve y cambió para siempre la impronta del argentino en el fútbol. Aquella tarde, Messi se dio cuenta que era algo más que un regateador capaz de anotar decenas de tantos y que podía jugar prácticamente en cualquier posición, algo que viene haciendo en las últimas temporadas con una notable regularidad.

Seguramente, a mi edad ya sea tarde para dejar de adorar el recuerdo que tengo del juego de Bergkamp y Platini. Sin embargo, hace ya tiempo que me convencí de que no hay nadie como Messi.