¡Que traigan la botella!

alemania

Alemania no perdió la cuenta. Pasó tan poco tiempo entre el segundo y el quinto gol que el camarero no tuvo tiempo para preparar las rondas de chupitos que se habían prometido por cada tanto de la Mannschaft. Stefan, el pobre chaval de unos 30 años y con poca experiencia detrás de la barra, se vio superado. El país dejó de centrarse en el fútbol a la media hora de partido, cuando por un error de previsión se habían cantado cinco goles y bebido sólo tres chupitos.

Intentaba apresurarse el pobre Stefan, rellenando uno por uno los vasitos de plástico. La gente se le echaba encima. Medio país le estaba controlando. El otro medio no quitaba ojo de la televisión por si llegaba el sexto, fruto de aquel frenesí futbolístico que se iba a convertir en la mayor humillación de la historia del fútbol. Nadie comentó que aquello parecía un partido de adultos contra niños. Alemania no estaba para eso. Aquello fue insólito y muchos seguían incrédulos ante lo que estaban presenciando sus ojos.

En cierto modo, Alemania no sabe del todo bien qué pasó anoche. Pocos se dieron cuenta que ayer papá Klose se convirtió en el máximo goleador de la historia de la Copa del Mundo, una gran mayoría obvian que su equipo perdió la posesión del balón (49%) y otros tantos siguen sin enterarse de que Brasil metió un gol en el último minuto que, más que maquillar el marcador, fue una marca de Rimmel corrido por la mejilla.

Y Brasil, un equipo que se traicionó a si mismo y a su historia, dejó el Maracanazo a la altura del betún tras ser humillados en su propio terreno. Ni rastro ya de aquella Brasil del 82 que ni siquiera llegó a semifinales pero enamoró con un fútbol inmaculado, convirtiendo a Paolo Rossi en el mayor villano que jamás haya visto un estadio. Ya lo hubiera preferido Luis Felipe Scolari, quien había hablado de un complot para evitar que los anfitriones levantaran la Copa en casa. El malvado plan pasó por enfrentarles a una selección que jugó con ellos como lo hace la más guapa de clase, dejándose ver y sin pizca de piedad ante un mundo rendido a sus pies.

Y Alemania no se conformó con cinco chupitos y a la segunda parte pidió la botella. Desde el bar se pidió -siempre por favor- a Stefan que subiera el volumen para acompañar los olés que sonaban desde Belo Horizonte, mientras el pobre se quedó sin Jägermeister y la última ronda tuvo que ser de licor de melocotón, que pasa mejor y escuece menos.

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